viernes, 7 de octubre de 2016



Güeno... lo digo por acá... aunque nadien dentre a esta pulpería...
Haiga viento o haiga llovido, el libro salió nomás...
Como en este sitio empezó todo... tenía que publicarlo...
Costó... espero que lo valga

martes, 17 de marzo de 2015

10, 9, 8, 7 ....

Ahhhh.... se viene, se viene...

martes, 30 de diciembre de 2014

Aquiles







Mirá que hay historias raras en el fútbol, pero esta, te juro, no la supera ninguna.
A través de la vida del futbolista amateur o de liga federada en el interior (que es más o menos lo mismo), uno siempre se cruza con jugadores que llega a creer que, indefectiblemente, van a alcanzar la meta. Es decir, van a poder ser futbolistas profesionales, van a ser aclamados por multitudes, van a vivir el sueño de todos…
Uno de esos era Jorge “Chiquito”  Ferramendia.
Con él compartimos de sexta a reserva en el Club Unión Vecinal, de Neuquén.
Éramos pibes, pero Jorge te hacía vibrar cuando jugaba.
Un delantero fenomenal, medía como un metro noventa, ya a los diecisiete años.
Marcaba tanta diferencia física y técnica que era imposible no imaginárselo en un club de primera en Buenos Aires.
Pero era, por sobre todas las cosas, un goleador de excepción. Una máquina rompe redes (aunque para ser sinceros, las redes de los clubes de la Liga Neuquina generalmente ya venían rotas).
Nos hicimos muy compinches cuando compartimos los paupérrimos vestuarios del “Trueno Verde” de Valentina Norte.
Y lo que tenía Jorge, además de sus condiciones naturales, era una clara vocación profesional. Se cuidaba en todos los detalles, desde las comidas hasta las horas de descanso, era el primero y el último en los entrenamientos, complementaba con horas de ejercicio físico afuera del club, es decir, tenía su objetivo inamovible: iba a ser futbolista.
Yo también era (y soy) un fanático del fútbol. Pero tenía muy claro que ni mis condiciones, ni mi voluntad, me iban a acompañar en un camino tan arduo.
Desde que tenía quince años, los técnicos de primera querían que Jorge jugara en la división mayor, pero él sistemáticamente se negaba, entendiendo que se arriesgaría innecesariamente jugando con tipos mayores, en campos generalmente menesterosos, y sin que ello le aportara nada a sus condiciones.
Cuando estábamos en edad de reserva, alcanzó a jugar dos partidos del torneo, y apareció uno de esos representantes, busca talentos o como se les llame, que, atraído por sus impresionantes estadísticas, lo vino a ver y se lo llevó para jugar en Brown de Puerto Madryn.
A esa altura Jorge debía llevar como 300 goles en inferiores.
No era todavía época de correos electrónicos ni teléfonos celulares, así que desde ese momento, más allá de algún llamado desde un teléfono público al principio, perdí todo contacto con Jorge.
Igualmente seguía su campaña por las noticias de los diarios.
Arrancó bárbaro en Brown. Era un equipo que se había formado para lograr el ascenso al Nacional B, y Jorge se acomodó enseguida, metió una campaña de 27 goles, en un torneo sumamente difícil como era el Argentino A.
Cuando vino a jugar a la Visera de Cemento, la cancha del mítico Club Cipolletti, fui a verlo. La descosió. Metió dos golazos y se llevaron los tres puntos.
Brown ascendió ese torneo, pero Chiquito se fue del club. Increíblemente desechó ofertas de clubes más grandes del Nacional B, que se habían quedado asombrados por su capacidad.
Terminó fichando para Ben Hur, de Rafaela. Nuevamente un equipo del Argentino A.
Para muchos fue increíble la decisión, pero como uno siempre resulta ajeno a las intimidades del fútbol, yo creí que habría sido una cuestión económica. Rafaela es una zona que mueve guita, seguramente le habían puesto un buen número y eso lo habrá decidido. Era joven, oportunidades no le iban a faltar.
30 goles metió con el “Gladiador” de Rafaela. Lograron, con él como referente, el primer ascenso de su historia al Nacional B. Ídolo absoluto… y otra vez, desecha todas las ofertas y se va…
A esta altura el “Chiquito” se empezaba a convertir en una figura extravagante para la divisional, pero nadie sabía demasiado de él.
En las vacaciones de ese verano vino de vuelta para Neuquén y fui a verlo. La verdad es que estaba muy bien, económicamente y mentalmente… sólo me llamó la atención sentir que estaba un poco más menudo.
Yo no sé si fue el hecho de que yo me había ensanchado o capaz que el entrenamiento profesional lo habría estilizado, pero ya no me impresionó como ese imponente centro delantero con talla de gigante.
En la alegría del reencuentro hablamos de todo un poco, y cuando le pregunté si iba a jugar en primera, me dijo: “Yo amo el fútbol, cabezón. Quiero jugar, no me importa hacerme millonario, no me llaman la atención las luces, ni el estrellato, no quiero que me reconozcan, no me importa Buenos Aires, ni Europa, sólo me importa el fútbol. Si me pagan bien y no me joden con cosas ajenas a la pelota, yo soy feliz”. Y así cerró el tema.
La siguiente temporada firma con Patronato de Paraná.
El “Negro Santo” no logró el ascenso por poco (iba a tener que esperar hasta el 2010 para lograrlo), pero Chiquito metió 37 goles, un record absoluto para la categoría, que hasta el día de hoy nadie ha podido superar… y nuevamente se va.
Para ese momento ya se había ganado fama de loco. Nadie podía creer que no diera el salto que todo jugador anhela.
No atendía a la prensa, no daba notas ni en diarios ni en radios, no se le veía nunca en lugares públicos o muy concurridos, fuera de las canchas.
En El Diario de Paraná, unos meses después, encontré una foto de la formación de Patronato en esa campaña, y me sorprendió ver a Chiquito parado al lado de los dos zagueros, parecía como diez centímetros más chico que ellos.
Sucesivamente Chiquito pasó de Independiente Rivadavia de Mendoza, a Huracán de Tres Arroyos, Club Atlético Alumni de Villa María, Club Sportivo Patria de Formosa, Club Atlético Central Norte de Salta…
En todos los casos clubes de Argentino A, siempre siendo goleador…
El año pasado recaló en Club Atlético Germinal de Rawson, Chubut.
Yo, te aseguro, estaba completamente obsesionado con la historia del Chiquito, no me entraba en la cabeza la carrera que estaba haciendo, simplemente no tenía ningún sentido.
Aprovechando que tengo parientes en Rawson, me inventé una escapada y me fui con la única intención de verlo a Jorge.
Mis primos, todos fanáticos del Verde, me llevaron el domingo al Fortín (la cancha de Germinal). Desbordaba el humilde estadio. Era la primera vez que jugaban Argentino A.
Cuando ingresa el equipo a la cancha no lo veo a Chiquito.
Les pregunto a mis primos y me señalan al jugador de la camiseta 9.
Yo no podía creerlo, pensé que me había equivocado de equipo, pero el 9 de Germinal era un fibroso delantero… que debía medir no más de 1,70 mts.
Me quedé pasmado.
Germinal ganó. Un gol y una asistencia de Ferramendia.
Me quedé a esperar en la zona de estacionamiento, y como una hora después de terminado el partido, apareció Chiquito, bolso en mano, dirigiéndose en busca de su auto.
Venía distraído y cuando me vio, te juro, se puso pálido como si hubiera visto un fantasma.
“¿Jorge?” alcancé a decirle en tono dubitativo.
Él no respondió.
Me acerqué y… sí, era Jorge, no había ninguna duda, era Jorge Ferramendia, en versión comprimida…
Luego de interminables segundos me contestó:
Si, soy yo… ¿que hacés cabezón?” dijo con un quedo de resignación.
Yo no atiné siquiera a responderle.
“Vení, vamos a tomar unos mates a casa…” – me invitó, señalando un auto cero kilómetro.
Subí en el más absoluto silencio, y así me mantuve todo el trayecto hasta Playa Unión, que era donde tenía su casa Chiquito.
Era una casa de playa divina, moderna, con ventanales gigantes que daban al mar, pero un poco alejada de la zona de movimiento comercial.
Con los mates en la mano, recién pude articular una palabra:
“¿Cómo…?” y no supe de qué manera seguir.
“Tranquilo cabezón…” – me calmó – Estoy bien. No tengo una enfermedad rara, ni me pasó nada grave
“Disculpame que todos estos años estuve desaparecido, pero, como verás, tengo mis razones..
“Pero… ¿Qué te pasó” Le pregunté en el tomo más estúpido posible.
“Nada – me respondió – Soy así desde que éramos pendejos, allá en Neuquén…”
Se hizo un nuevo silencio. Jorge miraba al mar a través de la ventana, como buscando las palabras entre las tumultuosas olas…
“Te voy a contar – se decidió finalmente – y que conste que nunca le dije nada a nadie sobre esto…
Desde que tengo catorce años que sé lo que me pasa… y lo que me va a pasar.
Yo no sé si vos crees en Dios o en el diablo, y ni siquiera sé si algo de eso está involucrado acá, pero a mí me revelaron, a los catorce años, que cada vez que me lo propusiera iba a meter goles jugando al fútbol.
No me pidas las circunstancias particulares, ya ni siquiera las recuerdo. Pero desde entonces yo sé que voy a ser goleador cuando yo lo decida…
Y también sé, desde entonces, que cada gol que meta me va a ir achicando… físicamente.
Es decir, cabezón, puedo ser, si quiero, el máximo goleador del universo… a cambio de desaparecer…”
Yo estaba atónito… pero la evidencia estaba enfrente mío.
En ocho años de fútbol profesional, y no al máximo nivel, se había achicado como veinte centímetros.
“Pero,- le dije yo – ¿Por qué siempre en el Argentino A? no entiendo”
“Pensalo, cabeza – me respondió - ¿Cómo iba a jugar en primera?¿ No te parece que con todo la prensa encima nadie iba a notar, como vos, que me voy achicando? ¿Y qué carajo iba a decir yo en esa circunstancia?
Mucho lo pensé, eh… no te creas que fue fácil para mí.
Me rompí el marote pensando cómo aprovechar este Don – Maldición, que tengo.
La opción más fácil era largar el fútbol a la mierda, estudiar cualquier cosa y ponerme a laburar como todo el mundo…
La otra era aprovechar uno o dos años, hasta que se hiciera evidente mi… condición – se tomó un tiempo para definir lo que le pasaba.
Y finalmente me decidí por la tercera. Hacer una carrera en una división menor, que me permitiera vivir tranquilo del fútbol, retardar lo más posible la cuestión.
Para eso, decidí nunca firmar con un representante, me manejo mi propia carrera, hago contratos por temporada, siempre con equipos de distintas ciudades del país, y así disminuyo los riesgos de que cualquiera venga a preguntarme nada.”
“Pero – le dije -  no entiendo. Por qué hiciste tantos goles si sabías que te ibas a ir achicando…”
“Si... – Se puso pensativo – eso también lo puse en el tintero. Me propuse, al principio, hacer buenas campañas para tener un cierto renombre en la categoría… pero, vos viste lo que es el fútbol… una vez que estás ahí es imposible no querer meterla, no querer sentir el goce supremo del gol…
Pensá en un vicio… es lo mismo. El fumador sabe que el pucho le hace mal, sabe que se va recortando minutos de vida… y se lo prende igual.
Yo no sé si tomé la mejor decisión, pero mal no me fue. Y me parece que acá encontré mi lugar en el mundo…
También es cierto que me condené a una vida de soledad, sin amigos de verdad, sin una mujer… es difícil cabeza, muy difícil…
Pero el domingo, cuando estás en la cancha, cuando tus compañeros te piden que los salves, cuando la tribuna te grita… te juro que todo se compensa… esas dos horas son la salvación para mi alma…
Yo sé que tengo una fecha de vencimiento… o, mejor dicho, sé que tengo una medida de vencimiento. Mi vida se va midiendo en centímetros, cabeza… centímetros que voy perdiendo a medida que mi sueño se va cumpliendo…”
“¿Y en qué termina todo esto “Chiquito”? – le pregunté sin darme cuenta que usaba el viejo apodo que ya era una mofa sin tinte sarcástico.
“JA... ¿Y cómo carajo voy a saberlo?... no sé ni por qué me pasa esto… no tengo idea de cómo va a terminar… sólo sé que, a diferencia de la mayoría del mundo, la decisión está en mis manos…”
Me fui de la casa de Jorge con la cabeza hecha un torbellino.
Antes de salir le pregunté si quería que lo visitara de vez en cuando y me dijo que mejor no, que ya se había acostumbrado a la vida sin nadie. Que si alguna vez me necesitaba me iba a llamar… pero, ahora que lo pienso, ni siquiera me pidió mi número telefónico.
Todo esto, te juro, es la pura verdad. Yo lo vi achicarse al Chiquito Ferramendia. Debo haber sido el único que lo conoció, con un cierto grado de confianza, en distintas etapas de su vida.
Cuando lo pienso un poco, entiendo el dilema gigante de Jorge. Es la historia de Aquiles, trasladada al fútbol, una vida gloriosa y corta u ordinaria y longeva.
Y ahí te planteás: ¿Qué valor tienen tus sueños? ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por lo que realmente deseás? ¿Le pondrías fecha de vencimiento a tu vida a cambio de que se cumpla aquello que más querés?
Y te dás cuenta del valor que se necesita para tomar una decisión de ese tipo.
Finalmente, entendí que Jorge encontró un moderado punto intermedio, su sacrificio fue medido, obtuvo beneficios, en consecuencia, medidos, y vivió, a medias, el sueño del futbolista.
Te diría que su decisión fue cómoda y, casi, cobarde. Se gastó el metraje de la mejor etapa de su vida para lograr pasar desapercibido y, al mismo tiempo, tener un kiosquito que le dio los mínimos gustos materiales de un burgués miserable.
Supongo que el cenit de su situación hubiera sido triunfar en todo el mundo, y achicarse hasta terminar desapareciendo en el limbo mientras le hace un gol de chilena al Real Madrid, con un Bernabeu repleto. El tema es ¿Cómo sabés cuándo va a caerte la flecha en el talón que te mande derecho al subsuelo?
Pero el dilema me quedó planteado, qué carajo hace uno con las herramientas que le caen en gracia. Y ahí entendí que el pecado mayor y más común es ser tan cagón como el Chiquito Ferramendia. Con lo poco o mucho que tenemos nos acomodamos a la situación que nos asegure mayor comodidad en relación al sacrificio que nos exige.
Comprendí que, al final de cuentas, yo también voy por el mismo lado, pero, claro, con muchos menos instrumentos.
Y así no sé, finalmente, si lo del Chiquito Ferramendia fue un milagro o un maleficio, pero es lo que le tocó, y no sé si yo, en su lugar, me hubiera animado a encarar el desafío como lo hizo él.

lunes, 8 de julio de 2013

Vista Lateral.

Las consecuencias de la falta de cuidado ocular...



A mi amigo el Casi Tuerto.

Cuando se nos acabó la cuerda o las posibilidades de jugar en un nivel federado (que nunca fueron demasiadas, vamos a ser sinceros), decidimos con mi grupo de amigos descansar en las apacibles exigencias del Torneo de Futbol “Don Pedro”.
Grandulones, imán de lesiones, futbolistas frustrados, un conjunto de características que nos unieron para derrapar penosamente con otros equipos en casi las mismas condiciones.
Padeciendo para juntar los once sábado a sábado, un día llegó al equipo “El Tuerto” ManSini, amigo del primo de un amigo de alguno de los que jugábamos.
“El Tuerto” era tuerto de verdad. El ojo derecho era una bola blanca que parecía sin vida.
… Y ahí arrancó la historia.
Acostumbrados a la adrenalina del fondo, siempre sufriendo para no descender, con la llegada del “Tuerto” las cosas empezaron a cambiar.
Su aspecto de Metedor de Pata, al estilo del Toro Acuña que supo brillar en el Rojo de Avellaneda, sus pocos pelos largos hasta los hombros con pronunciados oasis de cuero cabelludo en la cabeza, su panza acusadora gracias a las remeras ajustadas que teníamos, no nos haría nunca suponer su capacidad para el fútbol.
Era un enganche nato. Si bien no tenía velocidad, ni un gran manejo del balón, ni una pegada soberbia, ni nada que lo hiciera parecer haber jugado al fútbol alguna vez, pelota que agarraba iba en una cortada segura hacia un compañero.
Pero eso no sería lo trascendente.
El punto destacado era que “El Tuerto” no parecía nunca estar mirando al compañero que recibiría el pase.
“La Tanqueta” Solís y El “Aguilucho” Martinez, nuestros delanteros, se acostumbraron a apostarse bien sobre los costados y correr en diagonal cada vez que “El Tuerto” ManSini tenía el balón en sus pies.
Se cansaron de hacer goles así.
Los defensores rivales (casi tan panzones y lentos como “El Tuerto”), llevaban sus cuerpos con acoplado hacia el lugar al que todo hacía suponer que iba a dirigirse el pase, para encontrarse con que “El Tuerto”, indefectiblemente, mandaba la pelota para el otro lado.
En ese camino y con muy poquito más, nos encontramos en el pelotón de arriba del campeonato. No con demasiadas esperanzas de salir campeones, pero aliviados de no tener que pelear el descenso. Para nuestras nulas habilidades deportivas eso era mucho de lo que enorgullecerse.
Todos teníamos en claro que “El Tuerto” había sido el único responsable de esto.
Una noche de asado, en la que ya todos habíamos tomado alguna copa de más, Guillermo Posaderas, nuestro dudoso zaguero central, empezó a cargarlo al “Tuerto”.
Más por pudor que por falta de curiosidad, nadie le  había preguntado nunca cómo había perdido el ojo, ni había hecho referencia al tema.
Pero Guille (pasado de Bordolino Tinto Carlón), perdió su freno pudoroso.
-       Che, “Tuerto” – se mandó sin aviso previo - ¿Cómo carajo hacés para hacer los pases sin mirar? Mirá que eso es difícil con los dos ojos, pero con uno… la mierda…
Silencio generalizado al lado de la parrilla, en parte por lo inesperado de la salida, y en parte porque todos nos hacíamos la misma pregunta.
-       Además, no te ofendas, pero cuando te movés parece que te vas a llevar la pelota por delante en cualquier momento… tenés la misma capacidad de sincronización que “El Fanta” Moscheli – risas contenidas por la referencia al más torpe de los jugadores del equipo.
Envalentonado por el vino y por la expectación que generó, Guille le metió para adelante.
-       ¿Cómo llegaste a hacerte “El Tuerto” ManSini?
El silencio se hizo palpable.
“El Tuerto” miró a la parrilla y luego de unos segundos callado, dijo:
-       Ahora “el Palote” Ollos acaba de meter las manos en los bolsillos de la campera…
Todos, menos “El Tuerto” ManSini, giramos a ver a “Palote”, que estaba al otro lado del tablón.
Al principio no entendimos nada.
-       Ahora sacó la mano derecha, y se la pasó por la cara – siguió describiendo “El Tuerto”.
Todo esto lo decía sin, al parecer, estar mirando al Palote.
-       ¡¡UUHHH!! - Tiró “el Caramelo” Yil – Pará, ManSini, no te des vuelta… adiviná cuantos dedos te muestra el Palote.
Palote elevó dos dedos de la mano derecha.
-       Dos – Dijo “El Tuerto”.
Palote sacó dos de la mano derecha y tres de la izquierda.
-       Cinco – acertó “El Tuerto”.
Todos nos quedamos pasmados.
-       No sean boludos – Dijo ManSini – No soy adivino.  Lo que pasa es que en realidad no soy tuerto… este ojo – se señaló el ojo chusco – es producto de un accidente en culopatín… cuando corría en la Liga Huinculense de Descenso por Barda…
Me choqué de frente contra el culo de uno de los referís y me quedó así… pero no es que perdí el ojo, sino que se me fue para el costado… y ahora tengo como un súper poder: LA VISTA LATERAL… puedo apuntar la cabeza para un lado y estar viendo perfectamente para el otro…
Eso explicaba un montón de cosas.
El tema quedó ahí, como una buena anécdota… y el tiempo pasó.
Los rivales empezaron a captar nota del juego del “Tuerto” y le tomaron el tiempo… en términos futboleros, ya no cagaba a nadie…
Volvimos al fondo de la tabla, que nos esperaba con los brazos abiertos.
Hasta que un día llegó al equipo “La Garza” Liniers.
¡Eso era un jugador! Estampa esbelta, peinado y facha a lo Cristiano Ronaldo, carrilero con ida y vuelta… lo que se dice, completito.
Con “La Garza” el equipo retomó un camino de ascenso. Pero el pobre “Tuerto”, que supo ser héroe unas fechas antes, quedó relegado al grupo general de los que dábamos lástima sábado a sábado.
En eso andábamos cuando, un sábado como todos, “La Garza” estaba a punto de rematar al arco, con un destino casi seguro de gol, cuando “El Tuerto”, torpe como nunca, se cruzó delante del balón, sin que pueda explicarse muy bien la razón.
La mala suerte (y la tosquedad del “Tuerto”) quiso que la pelota le pegara en su ojo con Vista Lateral…
“El Tuerto” cayó redondo en la cancha. Todos nos asustamos y corrimos a ver que le pasaba.
Luego de unos segundos “El Tuerto” reaccionó, llegó la ambulancia y se lo llevó. Como éramos once justos nadie fue a acompañarlo.
Cuando volvimos a verlo tenía el ojo vendado y nos contó que capaz que, ahora sí, lo perdía definitivamente.
A las dos semanas le dieron el alta y volvió a las canchas. Lo único que nos dijo fue “Perdí la Vista Lateral”… nadie quiso incomodarlo preguntándole más.
Un poco por lástima, un poco porque estábamos justos y otro poco por reconocimiento a su fugaz gloria, lo pusieron de titular.
Ese día nos tocó en “Cancha Lisa” un predio que había sabido ver nuestros mejores partidos. Ese partido “La Garza” hizo un desparramo de novela, la rompió… y “El Tuerto”… bueno, “El Tuerto” parecía estar todavía bajo los efectos de las drogas que le habían metido las dos semanas anteriores.
Un sonámbulo en la cancha, eso parecía. Hasta que de repente le llegó una pelota hacia el centro del área grande rival, como nunca había hecho, la paró perfecta, y sin siquiera moverse, le metió un tacazo que la clavó justo al lado del palo derecho.
Todos quedamos estupefactos, había sido un golazo… ¡y el día que “El Tuerto” regresaba a las canchas!
Corrimos a abrazarlo como si fuera el gol del campeonato.
Cuando terminó el partido, y entre la joda generalizada que regala la victoria, “El Momia” Onoria le tiró al Tuerto:
-       Qué golazo, cabeza… y sin siquiera mirar… impresionante.
El boludo del Momia tenía menos delicadeza que un intento de rabona del Quique Hrabina, ni se percató que ManSini acababa de perder el ojo.
Otra vez, silencio generalizado.
ManSini se paró, muy serio y dijo:
-       En realidad no es tan así… digamos que no fue, exactamente, que “perdí” el ojo…
Todos nos quedamos tiesos.
-       La verdad es que – continuó “El Tuerto” – como la otra vez, el golpe de “La Garza” me cambió el ojo de foco…
Nadie sabía a esta altura en qué iba a terminar el relato.
-       Lo que pasó… – dijo dubitativo ManSini -  es que, con el pelotazo, el ojo… bueno…. el ojo  se me acomodó en… - El Tuerto estaba nervioso- , bueno… se me acomodó en el agujero del culo…
No sabíamos si estaba jodiendo o no, por las dudas nadie emitió sonido.

-       Es algo raro, – siguió “El Tuerto” – y en realidad no molesta demasiado… el único problema es la cantidad de guita que tengo que gastar en colirio cada vez que voy a cagar…

jueves, 10 de septiembre de 2009

SIN ESPERANZA.


Daniel descolgó el tubo del teléfono y marcó casi por inercia el número de Marcelo.
Dos timbres de espera que le parecieron eternos…. Riiiing – Riiiing.
- Holaaaa… - Atendió un desprevenido Marcelo
- ¡¡¡Hermano!!! Estoy hecho mierda, no doy más… - Espetó casi lloroso Daniel.
- Pero, Pero… pará loco ¿Qué te pasa?, tranquilízate – intentó bajar los ánimos Marcelo.
- No viejo, esto no da para más… la vida es una mierda… no hay una buena… yo tiro la toalla...
- No, no, hermanito… no, tranquilízate – Marcelo se había asustado con las palabras de Daniel.
- Te llamo por que sos mi mejor amigo, y hay decisiones demasiado importantes… y esto es lo último… el final, se termina.
- Pero, no entiendo Dani, no hagas boludeces… hablemos… contame…
- Es que yo vengo aguantando mucho Marcelo… vos sabés… vos estuviste siempre al lado mío… cuando hace tres meses se murió mi vieja fue durísimo, pero terminé entendiendo que son cosas de la vida, que la muerte es irremediable, siempre tengo presente tus palabras, de que sería injusto morirse antes que las madres por que eso las haría sufrir, que un buen hijo tiene que saber asumir el dolor… - Daniel estalló en llanto…
Marcelo mantenía el silencio… no sabía bien que decir y tenía miedo de embarrarla si decía una palabra de más. Daniel continuó:
- Cuando Alicia me dejó hace un mes también la sufrí loco… es cierto que ya venía todo mal, pero terminar una relación de tantos años es terrible igual… la sensación de soledad opresiva es tremenda… me daban ganas de salir corriendo a buscarla y decirle que sí, que tenía razón, que todo lo que ella quisiera yo lo cambiaría, aunque opinara lo contrario… nada me importaba, sólo quería no sentirme solo… la soledad era la peor tortura… - Daniel hablaba entre hipos y sollozos – pero ahí estabas vos, para ayudarme, para hacerme entender que nunca es cierta la frase más vale malo conocido que bueno por conocer… que siempre es preferible sentirse mal buscando algo bueno que sentirse mal aceptando lo malo como natural… - Daniel no podía contener un gimoteo casi histérico.
- Bueno Dani, pero aguantá… yo en dos minutos estoy en tu casa y hablamos tranqui… aguantá ….
- No, no – Interrumpió Daniel - ni te gastes loco… yo llamo sólo para agradecerte… vos sos el único que ha sabido darme una mano, que me escuchó y me aconsejó sin esperar nada a cambio…
Hace dos semanas me quedé sin laburo y vos me pusiste en contacto con la gente esa de la casa de repuestos, y ahora estoy trabajando de vuelta… Marcelo, vos sos más que un hermano para mí, pero ahora ya no hay retorno… esto es demasiado… ya nada tiene sentido… ni me importa si lo tiene y yo no lo encuentro… no hermano, yo no busco más nada… que se cague todo…
Me da pena no tener un arma así todo sería más rápido…
Pero ya voy a encontrar una forma… no quiero que esto sea trágico para vos… quiero que te quedes con toda mi colección de autitos Piluqui… cuidalos por favor… chau… chau…. – Daniel no pudo seguir hablando abrumado por el llanto incontrolable.
- No… Pará – Las palabras se trababan en la lengua de Marcelo, estaba completamente sorprendido y asustado por la situación – No hagas nada por favor… no entiendo… por lo menos explicame… contame… por favor… en serio Dani… en serio, no me hagas sentir tan mal… creo… creo que me merezco una explicación…
Durante diez segundo se sentían solo los suspiros y lloriqueos de Daniel en la línea… Marcelo no tenía más palabras para decir.
- No podés decirme eso – Casi gritó Daniel – no podés venir a decirme que no entendés nada… no te hagás el boludo – El tono de Daniel iba subiendo en furia, como si empezara a dirigir su enojo hacia el pobre Marcelo que seguía sin entender nada – cualquiera puede decirme que no entiende, pero no vos… nos conocemos demasiado, nos gustan las mismas cosas… no podés hacerte el sota… sabés bien que esto no da para más…
- No chabón… - Marcelo intentó defenderse – no entiendo nada… te juro por lo que más quiero que no entiendo un carajo de qué es lo que te pasa….
- ¡Ah Bueno! – Daniel se puso furioso – Al final sos un gil de mierda… ¿Cómo me decís a mí que no entendés nada? Yo no puedo creerlo… en serio no puedo… listo, esto colmó el vaso…
- Pará pelotudo, pará… - Marcelo ya empezaba a enojarse también - ¿Me querés decir claramente que mierda te pasa?
- ¡¡¡OCHO AÑOS!!! ¿Te parece poco? Ocho años sin jugar un mundial… me quiero matar ya, loco… ¿Cómo mierda podemos quedar afuera? Esto es demasiado… lo único que podía darme esperanza en este universo de mierda ahora sólo significa más tristeza… listo viejo, para mí se acabó todo…



lunes, 7 de septiembre de 2009

Y por qué nos exigimos tanto nosotros?




Por Chinete

Solo por descargar la angustia, la bronca y el dolor que me produce en particular perder un partido contra los brasileños es que comenzaré a explayar algunas observaciones. Me calenté la segunda vez que Kaká le recriminó a Mascherano todos los roces que éste le proponía creyendo que con una victoria nuestra y una anulación total del mediocampista del A. C. Milan todos sus lauros se borrarían de la memoria del mundo futbolero.
La terrible cara de sobrador que tiene Luis Fabiano tampoco fue posible borrarsela, y es mas, él se mofó de nosotros en el temible ¡¡¡Gigante de Arroyito!!!
Pero manteniendo intacta la confianza de que esta selección llega al Mundial, y el sueño de que va a ser campeona por tercera vez en su historia de la mano de Diego y los zigzagses de Lionel Messi.
Y manteniendo el hilo conductor del fútbol y haciendo un análisis paralelo, salvando las diferencias por supuesto, con el equipo de fútbol amateur Pelotillehue y la selección argentina en la cantidad de errores básicos tanto en la marca como en la proyección del juego. En el equipo en el que juego, en el que todos somos mucho más que jugadores frustrados y que por algo estamos jugando acá, los de adelante le recriminan fuertemente los desaciertos y desatinos ocurridos en la defensa aurinegra, siendo que las vimos este último sábado por la noche con gente como Heinze que gana 1,5 millones de Euros por temporada, Otamendi revelación del torneo y un defensor con una gran proyección a futuro, Seba Domínguez que jugó en importantes equipos de Argentina (Newell´s campeón con el Tolo, Estudiantes y el último Vélez campeón), Brasil y México o el Pupi Zanetti que lleva años en el Inter y más plata que el matrimonio K. Los de atrás les exigimos a los delanteros que la metan y no se coman tantos goles, cuando no lo pudieron hacer ni Tevez (multicampeón con Boca, Corinthians y Manchester United), Messi (es mucho describir todos los títulos que tiene), el kun Agüero y el único amargo de los Milito. En el banco no tenemos al Diego en la conducción (aunque fiestas no le faltan al armador de nuestro equipo) pero si sabemos a lo que queremos jugar. Medio a la cagona pero sabemos que el equipo es un todo y no una reunión de megaestrellas galácticas del fútbol en donde los egos chocan de tan grandes que son. El equipo por sobre todas las cosas, no hay estrellitas sino un grupo de mediocres intentando ser jugadores.
Si las cosas salen como sueño siempre, ambos equipos saldremos campeones. Sino ellos brillaran en sus clubes como megaestrellas y nosotros volveremos a ser los mismos japoneses de siempre.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Efecto Mariposa

Por Chinete


- Don Ramón, el diagnóstico para el dolor de estómago que ud. acusa es a razón de una gran úlcera en la pared estomacal. Este tipo de laceraciones internas generalmente se producen a causa de momentos de ansiedad, estrés o aguda angustia prolongada. Otro motivo puede ser por deficiencia adquirida o heredada, la cuál descartamos ya que la biopsia realizada nos mostró la salud y buena consistencia de dicha pared estomacal. El tratamiento es bastante simple pero llevará tiempo…
Trataba de explicarme el doctor para poder optar entre riguroso cuidado y medicinas varias o cirugía que no era completamente eficaz.
Cirugía de ningún modo.
Posibles causas…intento saber ¿Qué?, ¿quién? o ¿como pasó?
Tal vez a los cincuenta años muchos de los detalles de la vida se pierden en el camino irrecuperable del pasado. No sé, tal vez, para otros. Pero para mí no, no para mí. Debo hacerme un análisis retrospectivo. Piensa, piensa cuál pudo ser la causa.
Tres posibilidades me dijo el doctor:
-Ansiedad: Tal la vez que más ansioso estuve creo que fue en la previa del nacimiento de mi primogénita. Tal vez, pero una situación con un final más que esperado y premeditado y nunca mucho más que la espera de alguna nota en la facultad. Descartado.
-Estrés: Imposible, amo mi trabajo, mi vida y a mi familia. Y nunca, por lo menos nunca me enteré, tuve sobresaltos. Mi permanente caída de cabello se debe a una cuestión genética y nada relacionada con la presión de la vida. No ha lugar.
Angustia prolongada: No he sufrido dolencia alguna ni pérdida tan calamitosa. Incluso el deceso de mi segunda esposa fue muy rápido; se cayó desnuda del balcón al tratar de ayudar a salir a su amante cuando yo estaba llegando. ¡Se lo merecía la muy perra!
Debe ser genético o habré comido vidrio. No puedo encontrar algo evidentemente causante de mi dolencia. O alguna situación en el cuál se reúnan las tres causas…
-¿…?
-¿…?
¡Ya sé! Ahora puedo recordar…ese campeonato hace veinte años atrás. ¡Como no haberlo asociado antes!
Padecí una terrible angustia desde la mitad del torneo por no poder definirlo. Esa desesperación se acrecentaba a medida que se acercaba el final del campeonato. La ansiedad me devoraba el cerebro y mis pensamientos eran nulos antes del último partido. No podía sacar de mi mente ambos pensamientos: derrota y frustración o victoria y eterno regocijo de las mieles del éxito. Al estrés no lo reconocí en ese momento, pero recuerdo que días después caí en cama agotado y psicológicamente relajado. Esa fue la ocasión y este es el resultado para tal padecimiento.
Amarga derrota por la mínima diferencia. Hicimos todo lo posible por no ganarlo, creamos innumerables situaciones para anotar pero ellos con una sola nos ganaron. Vi el partido desde afuera, ni siquiera entré. Nunca me sentí peor. Tal vez por eso trate de no recordarlo nunca más.