miércoles, 19 de septiembre de 2007

Volverás... y para quedarte


A ver, lo voy a decir intentando que suene lo menos gay posible:

Si no ir a jugar al fútbol el sábado implica que Chinete escriba de esta manera, la verdad que me resignaría a dedicarme al fútbol 5 bajo techo...

Excelente ejercicio literario por parte del máximo aportante a esta página.

No sigue la línea de las publicaciones habituales de este sitio, pero es imperdible.

Estamos frente a un nuevo H.P. Lovecraft (Sé que muchos de los integrantes del Pelo no pasan del nivel literario de la Revista de La Anónima, pero hagan un esfuerzo y lean)

Disfrútenlo.



Estacioné mi viejo Renault 12 junto a la entrada. La valla metálica que circundaba la propiedad se elevaba amenazante como lanzas oxidadas de soldados invisibles. Hacía frío. Me puse la campera y agarré mi bolsito. Caminé despacio hacia la guarida de la bestia.¿Podría llevar a cabo la difícil tarea que me había propuesto? Una cuestión, un destino indescifrable…La edificación antigua y de dos pisos elevaba su pared más alta entre rosales descuidados y enredaderas salvajes. ¿Cuanto tiempo hacía que el jardinero no trabajaba en los setos? Tanto como el transcurrido desde su muerte. Muy probablemente estaría enterrado bajo uno de los grandes aromos. Era costumbre de la bestia. Su familia lo buscaría durante meses, luego pasarían los años, pero el cadáver acabaría como pasto para los gusanos y otros insectos carroñeros. La mujer del jardinero conservaría por siempre la esperanza de volver a abrazarlo, de doblar una esquina y encontrarlo desaliñado, harapiento, pero vivo. Pobre infeliz.

Los árboles lloraban sobre el suelo anunciando un otoño temprano. Miré al cielo ventoso, que desafiaba al sol del amanecer vomitando, como alguna vez lo he visto a Normand, grandes nubarrones grises con aroma a tierra mojada.

Respiré hondo. Los niños, fiacosos y con la mochila a cuestas, empezaron a salir de las casas vecinas camino a la escuela. Era la hora. Nadie debía verme afuera.

Mis pasos crujían entre las hojas muertas. Demasiado ruido. Aceleré el ritmo para desaparecer cuanto antes de la vista de los curiosos.

Aun conservaba la vieja llave. Giré la cerradura y la pesada puerta de madera se abrió con un largo quejido. ¿Es que estaba viva? Fue un pensamiento estúpido, pero inevitable. En aquella casa no había nada vivo, nada excepto yo, al menos no lo que los humanos entendemos por “vivo”; cosa que tenía que tener muy clara para poder terminar con éxito la ardua tarea que me había propuesto. Una duda, un titubeo, y estaría perdido, condenado para siempre como el pobre jardinero. O quizá la bestia me reservara peor suplicio que la muerte. Quizá la bestia no me enterraría en el jardín, quizá… Deja de pensar. ¡Actúa!

Ni en un millón de años hubiera imaginado que mis ojos llegarían a ver la casa donde crecí en aquel estado lamentable de total y absoluto abandono. ¡Cielo Santo!, el olor era nauseabundo; una mezcla de alcantarilla estancada y meo de animal. El polvo se había acumulado de tal manera en los muebles que apenas podía distinguirse su color original. Las paredes enmohecidas rezumaban lágrimas oscuras, como si la casa entera llorara. Las arañas se habían apoderado de los techos y las lámparas, horribles bichos sin sangre ni vísceras, pero que seguían correteando, tejiendo y comiendo moscas y mosquitos. Aquellas arañas estaban tan vacías, tan frías y cadavéricas por dentro como la bestia a la que protegían, pero sus dientecitos puntiagudos, como los del Dani, eran igualmente mortales. No podía dejar que me picaran, esas arañas no…

El sofá del salón estaba en el mismo sitio, tal y como lo recordaba, bajo el gran ventanal del porche. La vieja tele, el aparador y la mesita ratona, el sillón para yo ver la tele, la butaca del abuelo y la lámpara de mi viejo. Todo estaba igual, pero muerto, podrido, oxidado al estilo Mochini. Pasé junto a las escaleras. Arriba estaba mi habitación, donde tantas tardes jugué con los interminables ladrillitos “Lego”, los valientes muñecos “Playmobil”, los intrépidos coches de “Scalectrix”. Aquella habitación que me guardó de las intensas lluvias mientras observaba desde la ventana y con infantil curiosidad como corrían calle abajo las hojas de los árboles. Aquella habitación, donde aprendí a disfrutar de una tarde con los piratas de “La isla del tesoro” o la brillante imaginación de Stephen King, que tanto me hizo temblar con “El resplandor”, “El cementerio de animales” y un sin fin de espeluznantes títulos apilados aun en la vieja estantería. Fue la habitación que mantuvo en secreto mi adolescencia, la habitación que atestiguó mi primer beso, mi primer amor… Y ahora todo estaba muerto.

Llegué a la cocina. El olor de las magdalenas ya no existía. Solo el moho, los orines y las arañas no-muertas, que seguían moviéndose con sus patitas afiladas. Ya no quedaba rastro de los buenos tiempos, aunque mi imaginación me permitía seguir viéndola a mamá, sentada en la silla, amasando los huevos y la harina. Aun podía ver su amplia sonrisa, su pelo largo y negro, sus manos ágiles, fuertes…

La puerta del sótano estaba justo al lado de la alacena. Abrí. Un viento helado y pútrido me golpeó la cara. Volví hacia atrás. Me temblaban las piernas.

No había luz. Encendí la linterna. Bajé un escalón tras otro. Llegué al final. Barrí con el estrecho haz de luz todo el sótano: estanterías, cajas húmedas, pelotas desinfladas, la caldera apagada, y en el medio, elevado sobre una piedra de duro granito, el ataúd. Allí estaba, silencioso. La caja mortuoria desentonaba con el entorno, ya no por su propia naturaleza, si no por la extrema limpieza que desprendían sus laterales de madera. La bestia estaba dentro.

Me acerqué. Intentaba no pensar. Había venido a acabar con la bestia, a quemarlo todo, a destruir hasta el último recuerdo. No debía pensar, solo actuar.

Encendí las seis velas de los dos largos candelabros que velaban el sueño del no-muerto. Apagué la linterna. La luz tenue y titilante hizo emerger sombras que antes no estaban, sombras que se movían, que aparecían y desaparecían, sombras que presentían mis intenciones, pero que nada podían hacer para evitarlo. Eran sombras excitadas, sombras de arañas, unas grandes, otras pequeñas y veloces. Pero ellas, las arañas, no estaban allí, solo estaban sus sombras. O eso creí…Dejé mi bolsito a un lado y me dispuse a abrir la tapa del ataúd. Iba a ser duro. Las dudas inundarían mi pobre espíritu. La bestia, su rostro, sus ojos; si se despertaba jugaría conmigo, me embriagaría, volvería a enamorarme. Pero esta vez me mataría, o algo mucho peor…sabía lo que iba a encontrarme allí dentro. No paraba de repetírmelo una y otra vez -No pienses, no pienses, no pienses…

Abrí la tapa del ataúd. Las bisagras chillaron. Mi piel se erizó al tiempo que escalaba por todo mi cuerpo una espantosa ola de miedo. Hasta la última vena, la última arteria y el último folículo capilar se inundaron de un torrente de sangre fría como el hielo. Fue como si la mismísima esencia de la muerte corriera en mi interior, una muerte lenta, sigilosa, que avanzaba desde las puntas de los dedos de los pies hasta mis manos vacilantes.

El no-muerto descansaba sobre impoluto raso blanco; una bestia inhumana, una bestia incapaz de sentir compasión, de sentir piedad, de sentir amor, o al menos no el amor que se profesan hombres y las mujeres, al menos no ese amor. Y no pude evitar que otra cuestión saltara a mi cabeza. ¿Pueden amar los no-muertos? ¿Acaso se aman entre ellos como hombres y mujeres, como padres e hijos, como hermanos? No estaba seguro, no podía estar seguro. “Debía dejar de pensar. ¡Deja de pensar. Solo actúa!”

Por supuesto que era hermosa. Tanto como antes de convertirse en la bestia que era ahora. Es más, quizá fuera más hermosa, si eso era posible: Las espesa cabellera caía a los lados de su rostro nacarado, terso y de piel limpia, como la de una muñeca recién estrenada, recién sacada de la caja. Parecía que pudiera romperse en mil pedazos, como si estuviera hecha de porcelana. Quedaba un leve rastro de color en sus mejillas. Dicen aquellos que han perseguido y exterminado a otros no-muertos que el color rosado inunda sus caras después de alimentarse de algún humano. La sangre caliente de las victimas permanece palpitando en el interior de sus inmóviles corazones por un tiempo, hasta que se enfría. Luego vuelven a tener hambre…

¡Qué turbadores labios! ¿Acaso existía alguien capaz de resistirse a su beso? Pobres infelices. Cuantos habrán caído tentados por su turgencia, por su aparente calor. Y qué sorpresa les aguardaba tras su sonrisa. Qué terrible sorpresa cuando los colmillos aparecieran tras aquel esplendor.Agarré la estaca y el pesado martillo. Me incliné hacia delante. Su pecho no se movía, sus manos reposaban sobre el estómago, sus pies estaban descalzos…

¿Cómo podría hacerlo?

“No pienses. Actúa”.

Levanté el martillo y apreté los labios. Iba a golpear. Tenía que hacerlo con fuerza, con tanta fuerza como me pudieran suministrar mis músculos. Los no-muertos tienen huesos extremadamente duros. Atravesar el esternón no era nada fácil. Más de un cazador de vampiros había caído abatido después de que la estaca se partiera en dos sin ocasionar más daños que una leve punzada en la superficie de la piel blanquecina. Una mala elección en el grosor de la herramienta y estás acabado, un golpe sin contundencia y la bestia te arrancará la cabeza antes de que puedas siquiera volver a levantar el martillo.

¿Podría hacerlo?

“No pienses”.

Como las imparables olas del mar, un sin fin de imágenes se precipitaron sobre mi cabeza recordándome al antiguo dueño del cuerpo que reposaba dentro del ataúd y que ahora era la cáscara, el traje incorrupto de un vampiro salido del mismísimo infierno. Las imágenes llegaron acompañadas de los olores, del olor a las flores de jardín, del olor a la hierva recién regada, del olor de las mañanas, de ese aroma a magdalena recién hecha que flotaba en toda la casa y subía las escaleras hasta mi habitación, como un espíritu bondadoso e invisible que me daba los buenos días rascándome la nariz. Y que otra cosa puede despertar mayores recuerdos que los olores.

¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría clavar aquella enorme estaca de madera en mitad del pecho de la que antes había sido mi madre? Ya lo sé. Ella ya no estaba allí dentro, ella estaba muerta. Eso me dijo el viejo cazador de vampiros, eso me dijo… Pero su cara, sus labios, su pelo. Dios santo, era su rostro, era ella la que reposaba en el ataúd. Estaba allí, justo delante de mis ojos, después de tantos años, estaba allí, tumbada, dormida. ¿Cómo iba a atravesarle el corazón a mi madre? ¿Y si aun quedaba algo de ella en los más hondo de...? ¡A la mierda!, puede que no estuviera muerta del todo. Recuerdo que siguió haciendo las mismas magdalenas después de convertirse. Yo aún no lo sabía. Estuve viviendo con un vampiro muchos meses sin saberlo. Sólo tenía doce años, y mis amigos seguían viniendo a jugar a casa. Por las tardes, para merendar, nos daba las magdalenas. Y cuando nos quedábamos con hambre, preparaba bocadillos. Le gustaba alimentarnos, le gustaba vernos comer. Entonces era la misma mujer. Por supuesto que hubo cambios, cambios que fui percibiendo con el tiempo: Dejó de limpiar, de barrer y fregar. Poco a poco fue adquiriendo una terrible alergia al sol, que le hizo llevar siempre gafas de sol y evitar su exposición directa, que derivó en un llamativo color nacarado de la piel. Más tarde dejó de dormir por la noche, parecía presa de insomnio. Los primeros días leía en el salón, o tejía largas bufandas. Luego empezó a salir. La veía abandonar la casa vestida con sus mejores trajes, como si siempre fuera de fiesta. Pero, a pesar de las ausencias, el olor a magdalenas seguía despertándome por las mañanas. ¿Era la misma mujer? A mí me parecía que si.Al contrario de lo que la gente cree, los vampiros no siempre descansan de día, y mucho menos al principio de su conversión. El sol puede provocarles graves quemaduras, pero basta una buena protección solar y lentes oscuros para soportar sus efectos. Naturalmente, con el transcurso de los años, el vampiro prefiere usar los días para su descanso y evitar la incomodidad y los peligros de la claridad. Pero solo la evolución personal los empuja a tan exclusivos comportamientos noctámbulos.

Mi madre siguió ayudándome con las tareas del colegio, siguió recibiendo a mis amigos como si fueran sus propios hijos. Los besaba y les preparaba la merienda con una sonrisa en la boca. Todos percibíamos el tacto cada vez más frío de sus labios. Pero ¿qué importancia podía tener eso? Ella seguía cuidándonos, era tan amable como siempre, tan alegre como siempre, tan hermosa... Y sus ojos cada vez eran más brillantes, más verdes, más cautivadores. ¿Quedaba entonces algo de mi madre en el cuerpo que yacía en el ataúd?

“No pienses, no pienses”. ¡Actúa!.

Claro que acabé sabiendo de su nueva naturaleza diabólica. ¿Que cómo ocurrió? Antes he dicho que le gustaba vernos comer, alimentarnos como a buenos chicos de pueblo. Pero un día decidió cambiar radicalmente sus costumbres, y en vez de seguir preparando aquellas buenas magdalenas y bocadillos, como siempre había hecho con dulzura, ese día de invierno, de calor de estufa y corrillos de brasero, ese día fatídico decidió comerse a las criaturas que antes había alimentado. Una diferencia imposible de pasar por alto. Primero los engordó, y luego se los lastró uno por uno. La encontré agarrada a la yugular del Tommy. Aun estaba vivo; el pie derecho golpeaba el suelo intentado llamar la atención con las pocas fuerzas que le quedaban, pero su mirada se apagaba como una vela. Con un brusco movimiento mi madre le arrancó la mitad del cuello. Tomás calló al suelo como un muñeco de trapo. La sangre no dejada de fluir del enorme agujero. Fue espantoso ver la blanca y limpia piel del rostro de mamá inundada de la sangre aun caliente de mi amigo. Corrí despavorido. Pero mamá era rápida, tanto que consiguió agarrarme del brazo antes de que pudiera llegar a la puerta. Se movía como una serpiente hambrienta. Con un pequeño impulso de los músculos de sus nuevas piernas de vampiro superó la distancia de toda la habitación. Y que terrible fuerza tenía en las manos.

-Mamá, me haces daño -le dije absolutamente atemorizado.

-¿Adónde vas? -Me contestó con su misma voz melodiosa, pero con una boca desbordada de sangre espesa y dientes puntiagudos.

-¡Suéltame, por favor!

Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer, aunque hacía ya más de quince años. Mi madre me dejó ir. Aunque antes me hizo temblar como una hoja. Se arrimó al oído. Yo creía que iba a arrancarme la vida, como había hecho con Tomás. Pero me equivoqué. Noté el calor de la sangre que empapaba su cara, noté el aliento gélido de la bestia… No me mordió. Se arrimó todo lo que pudo y me dio un beso rojo y húmedo mientras me decía -Volverás, y volverás para quedarte. Yo siempre seré tu madre.

Y puede que tuviera razón.

Apoyé la estaca justo en el centro del esternón. Levanté el martillo. Una lágrima resbaló por mi mejilla. La miré. Por un instante volví de nuevo atrás en el tiempo. La vi bailando en el patio, al anochecer, ataviada con su vaporoso traje de seda. La vi con el pelo empapado, paseando bajo la lluvia en la oscuridad de la madrugada y saludándome desde la acera con sus manos de largos dedos…

La miré. Agarré bien fuerte el asa del martillo para asegurarme de no fallar. Y entonces, en aquel momento de extrema tensión, entonces abrió sus ojos verdes y me miró. No dijo nada, no me arrancó la cabeza, como me habían asegurado que pasaría si el vampiro se despertaba. Corrieron largos segundos, ella indefensa bajo la madera puntiaguda, yo dispuesto a atravesarla como a un animal rabioso. Pude oir la aguja de un viejo reloj de pared. Puede sentir el transcurso del tiempo, cada tic, cada tac. Ella me miraba sin más gesto que el brillo de sus colmillos sobresalientes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Era mi madre, o era la bestia asesina y sin espíritu de la que hablan los libros?

“No pienses”

Por fin habló con su delicada voz, esa voz melodiosa, esa voz… -Has vuelto. ¡Estás aquí! Los mismos ojos, la misma boca, era la misma mujer. Sólo que ya no le gustaban las magdalenas. Prefería la sangre, prefería los cuellos calientes y desnudos.“No pienses, no pienses, no pienses, no pie…”.

Solté el martillo y dejé que me abrazara.

Ahora salimos juntos a cazar, por que ella siempre será mi madre.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Tratame suavemente (Soda Stereo)


Por Mojo Jojo.


Alguien me ha dicho que la soledad
Se esconde tras tus ojos,
Y que tu
blusa atora sentimientos
que respiras.
Tenés que comprender
Que no
coloque tus miedos,
donde están guardados,
y no podré
quitártelos
si al hacerlo me desgarras.



No quiero soñar mil veces las mismas cosas
Ni contemplarlas
sabiamente.
Quiero que me trates suavemente.

Esto se dice que cantan los novatos, recientemente bautizados, después de la jornada de este sábado pasado. Sábado en que se jugó la fecha 7, en la que se intenta meter una seguidilla de victorias como para que el plantel agarre confianza, se acorten las distancias con los punteros y que estos empiecen a sentir la respiración en la nuca.


Comando culo mandril, tené a mano el botiquín
Preparate el algodón y bajate
el pantalón,
Por mas que intentes huir, te lo vamos a destruir.
Comando
culo mandril te asegura el porvenir
Deflorando al por mayor, gozando con tu
dolor
rompiendo culos a granel, seguiremos en el poder!!!


Es lo que cantaban, antes de la iniciación de los novatos al Pelo, los integrantes de la inefable “Liguita de la ¿Justicia?”. Que viéndolos en su estado más puro se acercan mas a “The powerpuff girls”.
Fue un partido tranquilo en el que se volvieron a cometer errores de distracción de marcajes y poco peso ofensivo. Con el debut como titular en la zaga central de Gabriel “Te pego y no chillés” Perticarini, cumpliendo una muy buena actuación. Otro debut fue el del “Tiru” que no fue como para recordarlo mucho, salvo el pase al medio que le dio al delantero de Tacker. Otro vejado por la Liga fue el Chejo Muñoz quién convirtió un gol después de una corajeada de Ariel “gordo motoneta” Solís que en el poco tiempo que jugó, 30 minutos, generó mas peligro y le dio mas peso ofensivo al aurinegro que cuando estaba el Moscha.
Los goles de ellos llegaron de una distracción en un tiro libre, nunca pararse uno de los nuestros delante de la pelota, el Seba armando la barrera y el astuto ejecutor que se apura y patea sin resistencia alguna. Gol de ellos e ir a buscar el empate, que llega después de una jugada de Play Station de Bruno “pegame y decime Carla” Gorer. Segundo gol, atendida a Brurer no cobrada por el referí, desborde, palomita y gol de Tacker. Pero no se le dio respiro porque enseguida el atolondrado volante con un soberbio remate sentencia la igualdad.


Comando culo mandril no hacemos distinción
Por edad, sexo o color
El
trabajo es nuestra pasión
Solo pedimos relajación
Y una normal
dilatación

Termina diciendo la Liga para lo que viene ¿vendrá la mazorca?

martes, 4 de septiembre de 2007

And justice for all ( Metallica )


By Lee Harvey Oswald.

-Que se levante el acusado -ordenó el juez imperiosamente -¿Como se declara el acusado?
Es cuando el abogado, Kevin Lomax, se levanta y observa fijamente al jurado que está compuesto por los tres capos de “La Liga” y contesta- Inocente, su señoría. Al darse vuelta le pide al acusado que pase al estrado, él accede sin titubeos y se dirige con toda la confianza del mundo sin dejar que nada interfiera con sus ideas de justificar lo injustificable.
-Dígame Sr. Oswald ¿Como es que ha llegado a esta situación? Podría narrarme los hechos ocurridos el sábado primero de Septiembre.
-Todo empezó alrededor de las 14:30 hs. Cuando me presente al sorteo con el juez del evento y lo gané, es el tercero al hilo que gano, y éste nos plantea que sea un partido tranquilo y sin hablar demasiado.
-¿Y cuénteme que pasó después?, porque hasta ahora no noto nada relevante como para mantener en pie la acusación.
-Me encontraba con mis compañeros defensores realizando una actuación casi perfecta cuando una jugada desde la derecha, proveniente de un saque lateral del Richard, toque al medio de Héctor y nuestro máximo artillero que la deja en la red y pasamos a ganar 1 a 0. Es unos minutos después que el “Narigón” se lastima el tobillo y tiene que dejar el partido antes de finalizar la primera mitad. Es ahí que ellos nos empezaron a complicar con un pelotazo a un solo delantero de ellos que se infiltra en la defensa y estampa el empate en uno. Y así llegamos al entretiempo sin que se le caiga ni una idea a ninguno de los dos equipos.
-O.k. Mr. Oswald, hasta aquí seguimos a la perfección su relato, pero una de las acusaciones es la de agredir verbalmente a su compañero, teniendo en cuenta de que habían apercibido al plantel que se los sancionaría por este tipo de falta ¿es correcto lo que planteo?
-Es verdad que fuimos amenazados, y esta acusación es en parte una vendetta del capo mafia de la liga zona Plottier, y en realidad no era una agresión ni mucho menos. Lo que pasó era que se me ocurrió darle una charla informativa de cómo debería trabajar él en defensa. Lo que sucedió fue que con la agitación normal del juego y la fricción del mismo tuve que elevar un poquito la voz para que me escuchase. Porque no podía volver a suceder lo del primer gol, no, de ninguna manera.
-Me parece bastante convincente su explicación por lo cuál le deberé interrogar por la segunda acusación, la expulsión del juego, de la cuál todos son testigos y quedó constancia de la misma en el registro de los jueces del encuentro.
-En este caso no puedo negar los hechos acaecidos pero si tengo explicaciones como para refutar la decisión tomada por los arbitros.
En primer lugar no fueron amonestaciones por mala conducta, algo que se venía penando con sanciones económicas, y si fueron sanciones mal interpretadas por los jueces. La primer amonestación fue por una falta que no cometí, la comete “Super Vegeta Mirantes” y según comentan me la informa a mi, esto sin darme cuenta de ello porque iba a ser reclamado por mí esta amarilla, ¡miren si me iba a quedar callado!
A todo esto íbamos ganando 2 a 1 porque cuando se lesionó el 11 nuestro entró Gurkariel, que no jugaba desde el torneo pasado y había jugado solo cinco minutos el encuentro anterior, capturó un centro desde la derecha y convirtió en gol esa pelota. Y era lo que necesitábamos, alguien que factura las ocasiones que creábamos por partido. Y un rato después llega esta jugada desafortunada en el que le pego al delantero, dicho de paso salió lesionado por esta acción, y el juez más cercano me amonesta sin saber que ya estaba amonestado –él me dice que si sabía no me amonestaba- y viene el otro hijo de remil……… y me muestra la roja. Y me tuve que retirar.

-Bien, me acaba de relatar que admite todo lo sucedido –Lomax ve de reojo que los peces gordos de la “Liga” no hacen otra cosa más que relamerse la boca para poder dar su veredicto en contra del acusado- y se excusa de toda responsabilidad, acusa a su compañero y se lava las manos por la primer amonestación, ¿Y se hará cargo por los hechos que sucedieron después de la expulsión y casi logra perder la ventaja que sus compañeros habían conseguido?
-Lo que pasó es que no fue mi intención dejar al equipo en inferioridad numérica. Si hasta me estaba entusiasmando porque estaba debutando una de nuestras incorporaciones, el Perti, también sale el Mairan y lo reemplaza Wilhem y sucede lo que todos ya saben. Es en este momento en que Wilhem pasa a jugar de lateral izquierdo y Héctor de lateral derecho…
-Está bien pero, me está contando temas tácticos y no sobre su responsabilidad en el peligro de perder los tres puntos hasta el momento ¡conseguidos!
-No podría acreditarme tal cosa, la decisión no fue mía sino del colegiado, si al rato nomás de dejar el campo de juego y con otro bochazo desde larga distancia hace que Wilhem se deje comer la espalda; es más, si se fijan bien le falta un pedazo de espalda; en vez de volver hacia dentro se abre dándole lugar a que el delantero pise hacia adentro del área y siguiendo con la cadena de atrocidades defensivas intenta cruzarle la pierna en la zona de castigo y el delantero ni lerdo ni perezoso se deja caer. Falta dentro del área y pena máxima para “el Fortín” que nos estaba toqueteando más o menos a esa altura. Ahí agarra la bocha el nueve, el mismo que nos metió el primero, y la manda a guardar. La pelota para un lado, ángulo superior izquierdo y Clement Carro que va para el otro lado. 2 a 2 y no faltaba mucho.
Es en ese momento cuando el jurado, que no había prestado mucha atención a la declaración porque el veredicto lo tenía desde mucho antes que se jugara el encuentro, empieza a anotar el fallo y cerrar el sobre donde depositaron el mismo.
-Y cuando ya nadie estaba de ánimo por el empate, el superdotado de abdominales Solís, aparece capturando otra pelota área y la cruza a la cruceta ¡Fuera telarañas! Y así decreta el 3 a 2 final cuando el partido agonizaba y se convirtió en el héroe de la jornada en un retorno glorioso al torneo.
Fue en ese entonces en que el acusado se levanta del estrado y queda en el cadalso. Solo a la espera de alguna frase, del estilo: ¡your ass belong to me!, del más rencoroso de los verdugos que tan solo quería saciar su sed de venganza.
Y fue así que Lee Harvey Oswald no pudo zafar de la pena máxima impuesta por el gran jurado. Y es desde entonces que los integrantes de la “Liga” siguen ejecutando a quienes no aceptan sus reglas y hoy son titulares indiscutidos y lideres en el equipo de las dóciles ovejitas del señor.