
Por Chinete
Todo era producto de una enfermedad.
Lo único que había amado con todo el corazón, su hija, se iría para siempre.
No fue rabia lo que sintió en el momento en que el doctor le dio la noticia de que nada podían hacer por ella. Un dolor inmenso se apoderó de él, lo único en que pensó fue ¿Qué clase de ser supremo tan inclemente podría hacerle esto a una pequeña e inocente criatura? Maldijo la vida, maldijo a Dios y a todo lo que nos rodea.
No sabía que hacer, y ella estaba ahí internada, inmóvil. Fue así que agarró el auto y salió sin rumbo fijo. Una vez que llegó a un lugar despoblado, paró y bajó para descargarse. Lloró como nunca lloró, maldiciendo a los cuatro vientos; entre la rabia y la desesperación pidió por la presencia del señor de los avernos:
-¡Satanás! ¡¡Belcebú! ¡Lucifer! ¡Aparece y toma mi vida en cambio de la de mi hija, pero sálvala! Por más que recé y oré, Dios nunca me escuchó.
Fue en ese momento en que pronunció el nombre del Ángel Caído, cuando un silencio sepulcral inundó toda la atmósfera y todo parecía que se volvía oscuro. Cuando el silencio se hacía interminable y la incertidumbre lo abrumaba escuchó una voz, una voz firme, pausada y determinante que decía:
-¿Me llamaste?-era un pequeño hombrecito, de aspecto patético, de ropas ridículas y andar chistoso. Regordete y cara de simplón… daba bastante lástima.
-¿Quién eres estúpido?-le dijo pensando que era un paisano del lugar.
-Es a mí a quién has llamado, canjeando la vida de tu hija por tu alma. ¿O ahora que me ves te estás arrepintiendo?
-¡Jajaja! Pero eres un idiota, insecto, o ¿Es en realidad que te crees el mismísimo Satanás? – En realidad creyó que era alguien que al pasar había escuchado todos sus lamentos y había decidido burlarse de él.
-¿Sabes? No me gusta que me llamen así. No sé porque todos son tan imbéciles y me llaman de formas tan estúpidas cuando mi nombre ha sido uno solo, el de la luz más potente, el más bello, el más importante, Lucifer. Eso hasta que mi padre me desterró de los cielos para gobernar aquí, gobernarlos.
-¡Pero mírate, nunca pensé que el diablo fuese tan patético!
-Crees que por tener este aspecto y ser pequeño soy ¡menos que tú!-y largo una carcajada que congelaba los huesos.
-Mírame, soy pequeño y paso inadvertido, y llego sin que me vean ni escuchen y es por eso que a todos sorprendo, o ¿preferías una explosión con mucho humo rojo, fuego y lava saliendo desde el piso? ¡Jajaja! Ahora dime que es lo que quieres si es que tienes los cojones bien puestos.
La duda duró unos segundos… nada podía perder ya:
-Quiero que mi hija se salve. Se lo he implorado tanto a Dios y no he tenido respuesta.
-Tu Dios es un egoísta, la quiere solo para él. ¿Puedes ver toda su supuesta fuerza omnipresente, todopoderosa?...
Una pausa casi teatral precedió a la continuidad de la perorata:
-¿Él es la luz? ¿Él es amor y benevolencia? El que con solo pensar ha creado todo lo que imaginas y podría destruir todo en un abrir y cerrar de ojos ¿No puede salvar una vida, la vida de tu hija? Él nunca la salvará en cambio yo si.-concluyó en un tono paternal y benevolente. -Puedo salvar a tu hija, pero ¿Sabes el precio?
-Si-contestó- ¡mi alma!
-No –dijo el innombrable- tu alma y la de tu hija cuando ella muera.
-No puedo permitir que ella se vaya al infierno-dijo.
Pero Belecbú lo sorprendió al preguntarle:
-Acaso ¿tu conoces el infierno? ¿Crees que es lugar con llamas y sufrimiento, con demonios pinchándole el culo a los pecadores? ¿O crees que el cielo es lugar de verdes praderas con lagos y doncellas correteando por ahí sueltas de ropa?…
Quedó atónito, no supo que responder. Tenía razón… ni él ni nadie conocía ninguno de los dos lugares.
-No seas tonto hijo mío, el infierno es un lugar en el cuál tu eliges lo que quieres ver u oír- le dijo el Demonio como tratando de hacer olvidar sus palabras anteriores.
-Okay- cedió finalmente el desdichado-Trato hecho, tú salvas a mi hija y te daré mi alma y la de ella, pues de último estaremos los dos juntos para la eternidad.
-Además nadie te asegura que cuando sea grande se gane el cielo – remató cínico Lucifer.
-¿Qué debo hacer?
-Debes aceptarme con tu corazón, debes aceptar que yo te lleve y yo debo aceptar llevarte. Pues la única forma de llevarte es a segundos de tu muerte y arrastrarte hasta mi reino.
Y el corazón desesperado de padre, finalmente, aceptó.
Sintió que se dormía, no podía mantenerse en pie, es que ¡Estaba muriendo! Cayó de espalda y sintió que le agarraban del brazo… comenzó a lagrimear sin saber porqué.
-¿Sabías que el oído es el último sentido que pierde una persona cuando está muriendo?-le dijo susurrando al oído, el Señor de las Tinieblas.
Supongo que tenía razón porque lo último que oyó el infeliz fue:
-“Y pensar que aún existen idiotas que creen que el Diablo hace favores”

