lunes, 26 de noviembre de 2007

Roberto, el incomprendido

Por Chinete

Cuesta creer que el fútbol sea solo un juego. Cuando un deporte difundido mundialmente se cala hasta los huesos sobre las culturas mas desdichadas, y es en esta forma de vida en la que se dice que los pibes nacen con una pelota de fútbol o en sus primeros movimientos fetales se dice que está pateando y que va a ser futbolista.


Fue así como este relato surgió en un barrio común y silvestre en donde lo único que se hacía en los tiempos libres era jugar un picadito. Y es acá donde aparece nuestro personaje, un morochito retacón y con mucho carisma, adornando los ásperos e interminables partidos de la canchita del baldío del barrio.


Desde muy pequeño su ansiedad por el contacto con el balón era sorprendente, así como también lo hincha pelotas para los pibes más grandes que les molestaba que un borrego de cuatro años quisiera jugar con ellos y que por no dejarlo jugar los cagaran a pedos. Pero esa fue su mejor escuela de fútbol, la que le dio el coraje de aguantar y encarar siempre por más difícil que fuere, y solo le faltaba recibirse en lo más de lo más del fútbol a nivel profesional.


Con tan solo 10 años en su haber ya se vislumbraba un fenomenal futuro y la descosía en cada cancha. Canchas (en las que el verde césped no se podía imaginar jamás así como tampoco un juego de camisetas nuevas de los equipos para cada torneo), del torneo barrial en la categoría dos años mayor que él. Éste heredero de un quiebre de cintura excepcional, porque tenía a su padre y sus tíos tanto paternos como maternos que habían jugado en “Picada 15” el club de la ciudad, empezó a estar en la mira de los dirigentes del club más importante del pueblo. Su progenitor estaba mas que orgulloso por el interés de la institución en la cuál él había defendido esos colores, así como los vecinos del barrio que tenían un crack en el vecindario.


Rechazó año tras año los pedido de incorporación al plantel de Picada porque no le simpatizaba la idea de jugar con pibes mercenarios del “fulbito” y porque el club le había cerrado la puerta a casi todos sus amigos del barrio menos al gordo Cayeta que como arquero era el futuro dueño de los tres palos o el flaco conejín que como defensor central y sobre todo por arriba despejaba lo que se acercara al área y cabeceando en área rival la metía seguido. Con trece años a cuesta y comenzando la escuela a nivel secundario el Tito arma con sus nuevos amigos del normal Nº 2 un equipito de fútbol de salón en donde él era la estrella y el que guiaba a su equipo a lograr triunfos memorables. Los primeros partidos fueron con chicos de primer año en lo que no pudieron hacer mucho ante tanta magia del petiso diestro ni con sus colegas. Porque no era él solo el que ganaba esos partidos como en la canchita del baldío sino que se había rodeado de cinco buenos players. Un arquerito que para hacerle un gol había que pegarle un par de tiros antes, tres defensores polifuncionales que rotaban y cuando salían el delantero y el Tito ellos ocupaban esos puestos sin tantos firuletes pero con tiempo para que se recupera el mago y su ariete de ataque que con pelota dominada a diez metros del arco metía el 95% de sus tiros.


Así fueron pasando los equipos y se iban sumando victorias, liquidaron a todos los equipos del colegio y los desafíos empezaron a llegar de otros colegios, de otros barrios y terminaron ese año con solo una derrota. Esa derrota llegó un día después de que el Tito cumpliera 14 años, después de festejar el cumpleaños del ídolo del barrio, del colegio y del ambiente del fútbol de salón, ya que tremenda emborrachada se habían agarrado con ocho cervezas y acostarse como a las siete de la mañana. Ese partido fue un desastre en el que no solo él, sino que los seis estaban totalmente desconocidos futbolisticamente y terminaron con una diferencia de más de 11 goles en contra.


Su fama de crack se paseo por toda la ciudad e incluso en un partido lo fue a ver el entrenador de Picada, el Gringo Whisquili, y quedó boquiabierto por lo que hacía en espacios reducidos, la manera de aguantar y proteger la pelota, la forma que recibía y hacía que su compañero de ataque finiquitara esa obra de arte en gol. Es ahí donde el club vuelve a instigar para contar con los servicios del pibe maravilla. Fue tanta la presión que un día cedió y fue a la práctica al predio de “Picada 15” Llegó a las 13:50 al club, que quedaba como a ocho cuadras de su casa con sus amigo de fútbol 5 que tuvieron que quedarse afuera del predio. Al llegar el Gringo lo presentó con los demás muchachos que lo miraban de reojo y casi con desprecio por un pendejo que ni medias de fútbol como la gente tenía puestas ni botines, porque solo hacía fútbol de salón.


Y a partir de ese momento fue que tuvo que correr por 45 minutos para su fastidio, ejercicios con conitos, etc. Casi una hora y media después empezaron un picadito. Empezaron a jugar y se quedó afuera y el Gringo empezó a explicarle como quería que su equipo jugara.


Terminó el primer tiempo de veinte minutos e iba a entrar y antes de comenzar el D.T. le dice:

-¡Jugá como sabés!

Y fue así que empezó a apilar y desparramar jugadores rivales a 30 metros del área hasta que vino el 5 y lo levantó como sorete en pala. Foul y primer retada del Gringo:
-¡Tocasela al 9 que él hace el gol y dejate de boludear con esos firuletes!

Tiro libre que agarra el 2 y le pegó un soberbio derechazo que revienta el travesaño y el rebote sale para la media luna del área y el Tito la bajó si tuviese un guante en la derecha, se mete en el área dejando a tres defensores enroscados entre sí y cuando le sale el arquero se la toca al 9 que la para y su remate se va afuera.

-¡Y éste va a hacer los goles!-le preguntó el Tito recaliente al Gringo.

-¡Dale, seguí así que lo estás haciendo bien!

-Si estuviera el Moncho era gol seguro-dijo en voz baja acordándose de su yunta en la delantera de fútbol de salón.

Siguió mostrando y derrochando calidad en este si verde césped pero siempre que limpiaba a mas de dos lo bajaban con falta y sobretodo el 5. Y en la que le infló los huevos fue en una apilada de derecha a izquierda y cuando iba a chutear apareció desde atrás el 5 le metió terrible topetón en la espalda y no cobraron foul, y el Gringo empezó a gritarle que se levante y que corra a defender. Hervía de calentura y se dijo a si mismo que no volvía más. Esa jugada terminó en gol y fue una tremenda cagada a pedos la que se llevó por parte del técnico. Sacan del medio, se la dan en casi tres cuartos de la cancha y empieza a apilar jugadores, asi como el Diego contra los ingleses y cuando llega al área frente a frente con el arquero en ese momento de dejar a todo el equipo rival en vergüenza y plasmar el mejor gol visto en ese predio, patea a tan solo siete metros del arco y la pelota se va como a casi cinco metros del parante horizontal pasando largamente el alambrado del predio. Y en ese momento terminó la práctica y el Gringo recaliente lo increpó y le dijo que así no iba a jugar en el club.

-Ma si, si vos me fuiste a buscar aparte con esta manga de perros no me gusta jugar-le respondió sin tapujos, se dio media vuelta y se fue.

Breve fue su estadía en el club al cuál no iba a volver porque le apasionaba más ganar y perder con sus amigos que con estos giles comandado por un cagón que prefería maratonistas y no ilusionistas del jogo bonito.

Corto pero productivo fue su paso en Picada 15 pero le bastó para pintarle la cara a los mercenarios del fútbol y para poder estrenar nuevo balón arrebatado a los borregos del Gringo.

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