Capítulo 2º
Por Chinete
-Calmate loco, que yo sé que lo puedo hacer-le dijo al profesional.
Y éste lo miró con demasiada extrañeza. No podía creer lo que sus oídos escuchaban, si hasta hace un par días no podía entender el por qué de tener que tratarlo.
-Guacho, me parece que te estás haciendo demasiadas ilusiones, ¿No te parece?
-No, si yo te digo que puedo es porque puedo, voy a jugar igual-respondió Arístides.
Habían pasado casi sesenta días desde que se accidentó en un partido contra el líder del torneo. Todo fue demasiado repentino, algo de lo que no se espera nunca y menos de alguien con quién compartís todos los sábados un partido, una charla con cervezas varias y un asadito a la noche.
Si bien ahora que hago memoria, esto tendría que remontarse hace cinco meses atrás. Cuando tras una seguidilla de partidos en los cuál terminó con una inflamación de la rodilla. Le aconsejamos que vaya a ver un especialista, y fue tanta la insistencia de nuestra parte que al final accedió a ir. El traumatólogo que lo revisó le dijo que podía ser un golpe y la segregación de líquido sinovial en demasía era lo que no le dejaba recuperarse. Además debería dejar que se deshinchara bastante como para empezar a practicar los estudios pertinentes.
Pasaron casi dos semanas y la hinchazón disminuyó en casi su totalidad, ya sin dolor aparente volvió al ruedo.
Poco le duró el tiempo en las canchas, solo tres semanas, porque ahora el dolor era insoportable. Tanto fue a ver al especialista y ésta vez si se sometió a todos los chequeos habidos y por haber. Familiares, amigos y todos los más cercanos estuvieron expectantes por la recuperación de nuestro protagonista.
El dolor no cesaba, es más, parecía que socavaba en lo más profundo de su rodilla. Dolor como 25 mil-calmantes 0. La pelea por resistir se veía cada vez difícil.
Llegaron todos los exámenes, y eran determinantes. No había rotura de ningún ligamento, hueso ni cartílago. Lo que tanto lo estaba aquejando era un tumor óseo. Algo repentino e inusual en alguien de esa edad.
Todo se derrumbó en torno de Arístides, y la solución era tratarse lo más rápido posible para no padecer sufrimientos mayores. Todo fue en vano. Cirugía, quimioterapia y radiación, nada funcionó.
Y se tuvo que llegar a la resolución de la amputación de su pierna derecha. Pierna que tanta gloria le había dado.
Después de la intervención, en el momento que recobró la lucidez, maldijo a todo a su alrededor, a su cuerpo, al destino, la naturaleza y hasta a su mismísimo Dios. Si hasta podía sentirla, sentir sus dedos moverse, sentir que la planta de su pie derecho le picaba. Duro fue reconocer que ahora era un inválido y que ya no podría hacer todas las actividades físicas que tanto le encantaban hacer.
Terminado el período postoperatorio, decidió hacer uso de una prótesis para tratar de desenvolverse de la manera más normal posible. Si bien alguna vez estuvo enyesado, esta renguera que hoy tenía iba a ser de por vida y él no se iba a dar por vencido.
Casi un mes le llevó dominar por completo su nueva extremidad, una hecha especialmente para lo que él quería, que viéndolo del lado positivo no padecería de las debilidades de una pierna humana. Volvió a entrenarse con sus compañeros, los cuales por un lado se alegraron y por el otro sentían pena por tantas ilusiones que se hacía Arístides por volver a jugar normalmente.
Fue en ese momento en que al terminar la práctica el entrenador lo llama y le habla en privado. Le comentó que se sentía alegre por la pronta recuperación, por la actitud, el desenvolvimiento en el entrenamiento y de que con el tiempo iba a volver a jugar al fútbol. Así fue como volvió a tocar una pelota, en el picadito del entrenamiento, pero no fue como esperaba. Cada vez que agarraba el balón nadie lo iba a marcar, todos tenían miedo de hacerle daño. Esto lo disgusto de tal manera que llegó al punto de querer tomarse a golpes con algunos de los defensores.
Días después vino el entrenador y le comentó que iba a formar parte del equipo, pero del cuál él había formado parte, sino de uno con muchachos que tenían su misma incapacidad. Esto ciertamente no le agradó y le llevó bastante tomar una decisión. Y hasta que un día fue a ver que era ese equipo de discapacitados, según su pensamiento tan despectivo, y ahí vio que no era tan minusválido el juego que practicaban. Por más prótesis que tuviesen se jugaba rápido y fuerte, con técnica e inteligencia.
Y así terminó jugando en el equipo de lisiados, siendo no solo la figura y goleador de su equipo sino también el máximo referente a nivel regional y nacional de la disciplina.
Eso si, su Dios nunca se olvidaría de lo que él le dijo…
-Calmate loco, que yo sé que lo puedo hacer-le dijo al profesional.
Y éste lo miró con demasiada extrañeza. No podía creer lo que sus oídos escuchaban, si hasta hace un par días no podía entender el por qué de tener que tratarlo.
-Guacho, me parece que te estás haciendo demasiadas ilusiones, ¿No te parece?
-No, si yo te digo que puedo es porque puedo, voy a jugar igual-respondió Arístides.
Habían pasado casi sesenta días desde que se accidentó en un partido contra el líder del torneo. Todo fue demasiado repentino, algo de lo que no se espera nunca y menos de alguien con quién compartís todos los sábados un partido, una charla con cervezas varias y un asadito a la noche.
Si bien ahora que hago memoria, esto tendría que remontarse hace cinco meses atrás. Cuando tras una seguidilla de partidos en los cuál terminó con una inflamación de la rodilla. Le aconsejamos que vaya a ver un especialista, y fue tanta la insistencia de nuestra parte que al final accedió a ir. El traumatólogo que lo revisó le dijo que podía ser un golpe y la segregación de líquido sinovial en demasía era lo que no le dejaba recuperarse. Además debería dejar que se deshinchara bastante como para empezar a practicar los estudios pertinentes.
Pasaron casi dos semanas y la hinchazón disminuyó en casi su totalidad, ya sin dolor aparente volvió al ruedo.
Poco le duró el tiempo en las canchas, solo tres semanas, porque ahora el dolor era insoportable. Tanto fue a ver al especialista y ésta vez si se sometió a todos los chequeos habidos y por haber. Familiares, amigos y todos los más cercanos estuvieron expectantes por la recuperación de nuestro protagonista.
El dolor no cesaba, es más, parecía que socavaba en lo más profundo de su rodilla. Dolor como 25 mil-calmantes 0. La pelea por resistir se veía cada vez difícil.
Llegaron todos los exámenes, y eran determinantes. No había rotura de ningún ligamento, hueso ni cartílago. Lo que tanto lo estaba aquejando era un tumor óseo. Algo repentino e inusual en alguien de esa edad.
Todo se derrumbó en torno de Arístides, y la solución era tratarse lo más rápido posible para no padecer sufrimientos mayores. Todo fue en vano. Cirugía, quimioterapia y radiación, nada funcionó.
Y se tuvo que llegar a la resolución de la amputación de su pierna derecha. Pierna que tanta gloria le había dado.
Después de la intervención, en el momento que recobró la lucidez, maldijo a todo a su alrededor, a su cuerpo, al destino, la naturaleza y hasta a su mismísimo Dios. Si hasta podía sentirla, sentir sus dedos moverse, sentir que la planta de su pie derecho le picaba. Duro fue reconocer que ahora era un inválido y que ya no podría hacer todas las actividades físicas que tanto le encantaban hacer.
Terminado el período postoperatorio, decidió hacer uso de una prótesis para tratar de desenvolverse de la manera más normal posible. Si bien alguna vez estuvo enyesado, esta renguera que hoy tenía iba a ser de por vida y él no se iba a dar por vencido.
Casi un mes le llevó dominar por completo su nueva extremidad, una hecha especialmente para lo que él quería, que viéndolo del lado positivo no padecería de las debilidades de una pierna humana. Volvió a entrenarse con sus compañeros, los cuales por un lado se alegraron y por el otro sentían pena por tantas ilusiones que se hacía Arístides por volver a jugar normalmente.
Fue en ese momento en que al terminar la práctica el entrenador lo llama y le habla en privado. Le comentó que se sentía alegre por la pronta recuperación, por la actitud, el desenvolvimiento en el entrenamiento y de que con el tiempo iba a volver a jugar al fútbol. Así fue como volvió a tocar una pelota, en el picadito del entrenamiento, pero no fue como esperaba. Cada vez que agarraba el balón nadie lo iba a marcar, todos tenían miedo de hacerle daño. Esto lo disgusto de tal manera que llegó al punto de querer tomarse a golpes con algunos de los defensores.
Días después vino el entrenador y le comentó que iba a formar parte del equipo, pero del cuál él había formado parte, sino de uno con muchachos que tenían su misma incapacidad. Esto ciertamente no le agradó y le llevó bastante tomar una decisión. Y hasta que un día fue a ver que era ese equipo de discapacitados, según su pensamiento tan despectivo, y ahí vio que no era tan minusválido el juego que practicaban. Por más prótesis que tuviesen se jugaba rápido y fuerte, con técnica e inteligencia.
Y así terminó jugando en el equipo de lisiados, siendo no solo la figura y goleador de su equipo sino también el máximo referente a nivel regional y nacional de la disciplina.
Eso si, su Dios nunca se olvidaría de lo que él le dijo…
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