viernes, 12 de septiembre de 2008

De pan y de dientes...




“Hijo de Puta… como me gustaría jugar así” Pensó el esmirriado chiquillo.
Estaba mirando desde el banco de suplentes en la Sexta de Maronese como Carlitos iba y venía desparramando jugadores rivales.
Él siempre fue fanático del fútbol, pero, a pesar de que se esforzaba más que cualquiera, le había sido vedada cualquier habilidad.
Carlitos, en cambio, había nacido para el fútbol. Mejor dicho, Carlitos era fútbol. Tenía una habilidad endiablada, un golpe certero, un físico privilegiado.
Carlitos era el ídolo absoluto de todos sus compañeros.
Era ese tipo de personas que nacen para algo, que vienen predispuestas de fábrica. Te das cuenta que ninguna otra cosa podría ser Carlitos. Estaba destinado a la gloria futbolística.
Uno lo veía jugar y pensaba que debía ser fácil hacer las gambetas, colocar la pelota en un determinado lugar, meter un caño… se veía tan natural, espontáneo, que cualquiera podía confundirse y pensar que era una pavada.
Ese año la Sexta de Maronese salió campeona. Carlitos goleador y figura indiscutida.
Todos se deshacían en elogios, todos querían tener una foto con Carlitos, iban lo abrazaban, lo felicitaban. No había un equipo campeón, había un terrible jugador a cuya gracia los demás habían tenido la suerte de acceder.
El fin de semana siguiente a la obtención del campeonato se hizo un asado en la sede del club como festejo.
Ese día fue un homenaje a Carlitos y no al equipo campeón.
Las paredes estaban todas estampadas con recortes de diarios en los que se hablaba de Carlitos, fotos de Carlitos, en fin… el resto eran un cero a la izquierda.
Pero esto es una de las cuestiones psicológicas o, mejor, patológicas del fútbol, a nadie le importaba estar a la sombra de semejante jugador. Todos sus compañeros se sentían orgullosos de él y no les importaba no ser reconocidos y estar casi humillados por la figura relevante del equipo. Todos empezaban a regodearse pensando cuando, en el futuro, después de que Carlitos haya sido balón de oro, figura del Manchester o el Real Madrid, pudieran decir en un asado familiar: “No, con Carlitos somos re amigos… jugamos juntos en la liga de Neuquén.”
A la semana siguiente Carlitos se fue a Buenos Aires.
Había venido un empresario de esos que trafican carne de pibitos con buena perspectiva y se lo llevó prometiéndoles a los padres que Carlitos iba a volver en un Hércules C130 cargado de Dólares.
Carlitos tenía 15 años.
El tiempo fue pasando, de vez en cuando llegaban algunas noticias del héroe, el que estaba a punto de cumplir el sueño de todos los huachos del barrio… que lo ficharon en Gimnasia de La Plata, que estaba jugando en las inferiores, después que se fue, que se lo llevaron a un equipo de la C de Italia… todas cosas muy descolgadas, pero que iban alimentando las ansias de los que, como no podían acariciar el sueño dorado, al menos se contentaban con haber conocido a quien lo lograría.




¿QUIÉN DIJO QUE NO EXISTEN?

Héroe anónimo en el bajo neuquino.

Neuquén (AN). En horas de la noche del día de ayer un vendedor de panchos que tiene su parada habitual sobre calle Mitre en la capital neuquina fue objeto de un intento de asalto a mano armada.

La noticia no pasaría de ser un detalle más de la inseguridad que asola la ciudad, sino fuera por que tuvo un desenlace bastante peculiar.

“Yo estoy siempre en la Mitre – declaró José Sanhueza, el Panchero víctima del intento de atraco – A eso de las diez de la noche sale la última gente que trabaja en el bajo y se va a tomar el colectivo así que se vende un poco. Yo estaba atendiendo al pibe este, cuando del costado apareció un loco con una pistola en la mano. Yo la verdad que no me voy a hacer matar por lo poco que había de recaudación, así que me quedé quietito, pero el pibe este que estaba comprando se quedó mirando un rato al ladrón y le metió una piña que lo tiró contra el cantero. Al chorro se le cayó la pistola y medio aturdido salió corriendo.”

El vendedor ambulante no alcanzó a salir del shock del intento de asalto que se vio sorprendido por la reacción de su ocasional cliente.

“La verdad que fue todo muy rápido –expresó Sanhueza- pero el pibe ese no tenía pinta de que iba a reaccionar así… es más, después de quedarse mirando como se escapaba el ladrón, se fue caminando por Mitre… ni chau me dijo, calculo que se habrá asustado.”

Como había quedado el arma del fallido asalto tirada sobre la vereda, el Sr. Sanhueza llamó a la policía, que se hizo presente en el lugar del hecho y recabó el testimonio de la víctima, procediendo a secuestrar el arma.

Según se supo se trataba de un revolver de bajo calibre en bastante malas condiciones.

El oficial Navarro, a cargo de la Comisaría Segunda, con jurisdicción en la zona, indicó que “Se trató de un hecho aislado. El masculino que intentó delinquir aprovechó las condiciones de baja iluminación del área.” Aunque también manifestó que se reforzará la ronda policial por el lugar.

El mismo oficial también declaró que “El civil que actuó, según la declaración de la víctima, para evitar el robo, cometió un acto de arrojo, pero no es conveniente alentar este tipo de actitudes debido a que nunca puede conocerse el grado de peligrosidad de los delincuentes.”

Sea como fuere, el Sr. Sanhueza se mostró muy agradecido por el accionar del desconocido héroe: “No pude decirle ni gracias – señaló -… Pero si cualquier día pasa por acá de vuelta, va a tener su súper pancho… ¡por invitación de la casa!”




Yo soy periodista… bah, quiero serlo algún día. Esta nota es de mi autoría.
Medio por intercesión de un amigo, cuando terminé la carrera de Comunicación Social me enganché de aprendiz en el Diario.
Era casi un cadete, pero el ámbito era lo que siempre había soñado.
Con el pasar del tiempo me di cuenta que eso era un engaña pichanga.
Los años se me empiezan a escurrir y nadie nota (nadie quiere notar) si yo puedo o no servir como periodista.
Así, sigo siendo mas o menos un cadete, pero ahora con años de experiencia.
Hace dos meses me ofrecieron ser ayudante en la sección policiales… mucho no me entusiasmaba, pero creí que era mejor que ser mandadero.
Me equivoqué…
Me transformé en cadete de la miseria y la desgracia… y encima con dedicación a tiempo completo.
Mi trabajo consiste en recorrer las comisarías de modo periódico durante el día, para poder ir alimentando el amarillismo propio de la sección.
Ni siquiera escribo las notas. Mi trabajo se limita a tomar apuntes de los hechos policiales, poniendo sólo las claves, que luego los cráneos redactores transformarían en noticias frescas (sangre fresca).
En el medio de este trabajo psicológicamente insalubre, me encontré un día con este peculiar hecho de un anónimo héroe que salvó la pobre recaudación de un panchero.
Me llamó mucho la atención, aunque seguro motivado por la inexistencia de brillo alguno en mi vida. Me pareció que el que haya seres dispuesto a tomar tan alto riesgo me daba una punta de esperanza, aunque no supiera bien hacia qué lado se dirigiera.
Al recabar los datos del hecho policial pensé que me encontraba ante algo importante, algo que podría sacarme del ostracismo en que me hallaba.
No pasé por teléfono los datos, sino que me fui derecho a la redacción y en un arrebato de valentía me planté diciendo que tenía una historia que podíamos seguir por un par de días y lograr la atención del público lector.
Lamentablemente nadie escuchó mis razones. A nadie le pareció que evitar el asalto a un vendedor ambulante pudiera tener atractivo alguno para la gente.
“Mirá – me dijo Alberto Prun, el jefe de sección – si hubiera muerto el panchero, el ladrón o el salvador, ahí si tenías una noticia con gancho… pero acá no pasó nada.”
Listo, a la mierda con todas mis expectativas.
Sin embargo, se ve que los conmoví, o con mi insistencia desesperada o con mi imbecilidad persistente, y ya que estaba en la redacción, me dejaron hace la nota, siempre que no tuviera más de 500 caracteres y no llevara foto.
Algo es algo, agarré la dádiva, creyendo inocentemente que lograría redactarla de manera tal que la gente empezaría a mandar cartas de lectores pidiendo que se siga la historia.
La nota que antecede es lo que me salió.
Resulta evidente que mis deseos son mucho más grandes que mi capacidad.
Sin embargo, mitad por aburrimiento, mitad por evitar que me abrumara la derrota, decidí seguir la historia como periodista free lance. Es decir, investigué por mi propia cuenta.
Lo fui a ver al Sr. Sanhueza. Me presenté como periodista del Río Negro y comencé a dorarle la píldora para ver si le sacaba algún dato más.
El pobre hombre se sintió muy halagado de tener la posibilidad de ser nuevamente noticia. Imaginensé que tenía pegado el recorte del diario en el frente de su carro.
Mucho más no me pudo aportar. Me describió a su salvador como un muchacho flaquito, de no más de treinta años, con anteojos, textualmente me lo sindicó como “alguien normal”, queriendo decirme que podía encontrarme con veinte mil personas iguales en cualquier lado.
Pero también me dio un dato útil, me dijo que usaba una gorrita, como las que dan a los empleados en los supermercados.
Agradecido por la información y un poco decepcionado por que no me regaló un pancho, salí a dar una vuelta por la zona a indagar cuáles podían ser los comercios en los que trabajara el héroe.
Encontré un Supermercado Topsy seis cuadras más abajo, una sucursal de La Anónima a nueve cuadras y una carnicería grande a ocho. Terminé ahí mi búsqueda, en parte por que estaba podrido de caminar y en parte por que supuse que nadie andaba tanto para tomarse un colectivo.
En Topsy usaban gorritas blancas y amarillas, en La Anónima azules y en la carnicería, blancas y rojas.
Volví a ver a Sanhueza… y no pude hacerle recordar el color.
Ese día no había sido realmente alentador.
Sin embargo, había logrado acotar el espectro de búsqueda.
Averigüé que en Topsy trabajaban horario cortado de Hs. 07:00 a Hs. 14:00 y de Hs. 16:00 a Hs. 22:00, en La Anónima y en la carnicería había horario corrido, con turnos rotativos de ocho horas, entre las Hs. 08:00 y las Hs. 22:00.
El lugar más fácil, entonces, era Topsy, así que, guiado por la ley del menor esfuerzo, decidí empezar por ahí.
Entré a hacer unas compras sintiéndome Sherlock Holmes. Primero iba mirando a los cajeros, ninguno concordaba con la descripción que tenía. Seguí por los repositores y encontré dos que podían llegar a ser. Finalmente, me fijé en la sección de fiambrería y carnicería, en las que había gente que trabajaba en dependencias no abiertas a la atención al público y no encontré a nadie parecido.
Mis opciones eran pocas, así que eso me hizo sentir feliz.
Esperé a la salida y opté por uno de los posibles Clark Kent. Lo seguí. Caminó dos cuadras hacia Mitre y luego dobló a la izquierda. Deduje que no podía ser el que buscaba, pero no cejé en mi persecución. Luego de ocho cuadras de caminata entró en una casa de portón verde y tiró al tacho todas mis expectativas.
Me fui a dormir bastante ofuscado. Tendría que esperar hasta el día siguiente para despejar la otra opción.
Las horas al otro día no pasaban más. Si hubiera habido un cuádruple homicidio en la zona no me hubiera importado. Estaba bastante obsesionado, pensando en descubrir a quien ya se había transformado, en mi imaginación, en un personaje digno de Marvel Comics.
A las Hs.21:30 me compré una latita de Pepsi y me fui a la esquina a esperar que cierre el local.
A las Hs. 22:00 en punto salió mi objetivo.
Encaró derecho hacia Mitre. Llegó a la parada del colectivo y se sentó a esperar.
Íbamos bastante bien, pero la parada en la que estaba esperando estaba como cuatro cuadra más abajo del puesto del panchero.
Tomé un poco de impulso y me acerqué al muchacho.
Me presenté nuevamente como periodista y sin darle mucho tiempo a pensar le solté “¿Es usted el hombre que evitó el asalto de un vendedor de panchos hace cuatro días?”
El joven me miró entre sorprendido y asustado.
Creo que fui demasiado brusco, pero la ansiedad me pudo. En seguida desdoblé el recorte del diario con la noticia y se lo puse enfrente de la cara.
Confundido, me dijo tartamudeando que no tenía nada que ver y que no sabía de qué le hablaba, se paró y salió corriendo en dirección a la Avenida Olascoaga.
Me quedé sin reacción.
No entendía muy bien, pero ahora me doy cuenta que me faltó tacto. Me mandé sin ningún tipo de premeditación y mi actitud debe haber parecido casi un ataque.
Enseguida me fui a ver a Don Sanhueza, era el único que iba a poder ayudarme.
Me miró sorprendido y, sarcástico, me espetó: “¿Y, pibe? ¿Cuándo salimos en la tapa?”.
Comencé a hacerle el verso, sobre que la investigación estaba avanzada, que ya iba a salir todo, pero que necesitaba de su aporte, por que creíamos (hablar en plural siempre da importancia al asunto) que teníamos identificado al muchacho.
Mucho no le convenció mi idea, le había propuesto que me acompañara al otro día a la parada en que tomaba el colectivo el muchacho. Me dijo que no podía dejar el puesto así nomás, que quien le pagaba el tiempo.
Finalmente accedió luego de que le prometiera que iba a tomarle una foto para publicarla junto con la noticia.
Ahora tenía un nuevo problema… conseguir una cámara fotográfica para el otro día.
A las diez de la noche de la jornada siguiente me aposté bien camuflado, junto al Sr. Sanhueza, cerca del lugar en que el joven tomaba el colectivo.
Apenas lo vio el Sr. Sanhueza sonrió, me miró y confirmó que era “el pibe que lo había salvado.”
Acto seguido el panchero salió del escondrijo y casi le cayó encima al muchacho.
“Gracias pibe, el otro día no me diste tiempo a nada…” le dijo mientras intentaba abrazarlo.
El muchacho no atinó siquiera a emitir un sonido.
“Vamos, vamos… que te convido un pancho… no es mucho, pero es lo que puedo ofrecer…” continuaba Sanhueza, con sincero agradecimiento.
Casi como en un suspiro el chico alcanzó a decirle que le agradecía pero no podía aceptar, que ya estaba llegando el colectivo.
Finalmente Sanhueza depuso su insistencia y se fue dándole un efusivo apretón de manos. “Y encima ahora nos vamos a hacer famosos los dos, pibe” cerró.
El muchacho no alcanzó a salir de su estupor, cuando al levantar la vista se encontró conmigo.
Me coloqué estratégicamente para que no pudiera escaparse como la última vez.
Alcancé a leer en la etiqueta de su buzo el nombre: MANUEL.
“¿Te das cuenta que lo que hiciste es importante para algunos?” Empecé a hablarle, intentando tocar su fibra íntima.
“Mi nombre es Cristian – me presenté – Trabajo en el Diario Río Negro, y por casualidad me tocó cubrir el tema del asalto al hombre este.”
La cara de Manuel denotaba profunda desconfianza.
“No te preocupes – le dije – no quiero pedirte nada, lo que pasa es que el incidente me llamó mucho la atención y quería saber un poco más sobre vos… ¿Leíste la nota en el Diario?” Nuevamente le puse enfrente el recorte que guardaba en mi bolsillo.
“No, – me contestó sin siquiera mirar el papel – no leo los diarios.”
“Está bien… – me empecé a desesperar, no había forma de hacerlo tener confianza – no es importante, ni quiero que te sientas invadido, solo quiero que me contestes un par de preguntas… y si después no querés que se publique nada, yo te respeto.”
Manuel hizo una especie de gesto que tomé como asentimiento.
Aproveché la oportunidad y muy disimuladamente prendí el grabador que tenía en el bolsillo delantero de la campera.
“Contame, - empecé en un tono confidente - ¿Qué pasó esa noche? ¿Qué te llevó a reaccionar de esa manera tan heroica?”
Manuel dudó. Miraba al piso, como buscando la forma de escapar escarbando.
“Mirá loco – me dijo – yo soy un tipo sencillo… no me interesa para nada salir en el diario…”
Hizo una pausa que me pareció eterna.
“… y no estoy feliz por lo que hice… al contrario… me siento una mierda…”
Esto me dejó completamente descolocado… todo lo que había conjeturado sobre un personaje de héroe ideal de caricatura se me cayó al piso.
“¿Cómo? ¿No entiendo?” Le dije con sincero estupor.
“Mirá – parecía pensar mucho cada palabra - … ¿Nunca te pasó que hacés algo de lo que estás arrepentido?
“A mi no me pasó muchas veces, pero de esto sí estoy arrepentido…
“Yo sé quién es el que quiso robar al panchero… yo lo conozco… y no es que me preocupe mucho el tema de los choreos… a cada cual le puede tocar y así es como funciona… si te toca te toca, y no es la gran tragedia del mundo… a nadie le va a importar demasiado…”
“Por eso, por eso – Lo interrumpí entusiasmado por que estábamos llegando al punto que me interesaba – eso es lo que yo digo… ¿Por qué te arriesgaste vos, si a nadie le interesa?”
Por primera vez me miró directo a los ojos… y para mi sorpresa vi que estaba a punto de estallar en lágrimas.
“A mi no me interesa el panchero… - me dijo – quiero decir, no me interesa particularmente… ni tampoco quiero hacerme matar por dos mangos… en realidad lo que me molesta es… como decirte… es que… la vida es una bosta… un lago de mierda… y no se puede llegar a la orilla para salir…”
A esta altura yo ya no entendía nada, así que nada podía decir.
“No sé si vos me vas a entender… - continuó – y mucho no me importa, pero, – a esta altura ya se le estaba quebrando la voz – pero esa noche… enfrente mío… era… estaba… era… el Cabezón… el Cabezón Fuentealba…”
Acá no pudo reprimirse más y comenzó a sollozar.
Yo no sabía muy bien qué pasaba, así que no dije nada…
Se notaba que Manuel había soltado como un lastre.
“No vayas a decir nada, loco, te lo pido por favor.” Me dijo entre llantos.
“No… no te preocupes… yo no…” Ni siquiera supe que decirle.
En el medio de esta confusión, Manuel se levantó rápido y levantando el brazo detuvo al colectivo y se subió, sin darme tiempo a reaccionar.
Mi pretenciosa e intrascendente investigación había culminado del modo más incomprensible.
Pero igual tenía un dato, un nombre: El Cabezón Fuentealba.
A los pocos días tuve que ir a General Roca, a la sede del diario, y aproveché para hacer un intento más… de cabezadura.
Me metí a los archivos informáticos y empecé a buscar el nombre.
Y la verdad que, para mi sorpresa, encontré algo.
Y ahí me cerró todo.
En realidad nunca tuve (y nunca tendré) una confirmación de lo que pasó por la cabeza de Manuel esa noche, pero con lo que averigüé y con lo que supuse, alcancé a hacer un relato ficticio.
Vaya como aclaración que la trunca investigación para erigirme en maestro del periodismo sólo terminó sirviéndome para coincidir con Manuel en su apreciación sobre la vida, y en un triste escrito que reservo para mí. En síntesis… sólo logré ser un poco más infeliz…
Un solo (y pobre) consuelo me queda… quizá llegué a ser el único que comprendió a Manuel.


Manuel salía del supermercado en el que trabajaba.
Eran como las diez de la noche y venía puteando bajito. Puteaba contra sus jefes, puteaba contra la guita que no alcanza nunca, puteaba por que al otro día entraba de vuelta a las seis y media de la mañana, puteaba por que no podía disfrutar ni de sus hijos ni de su mujer, puteaba por que le esperaba media hora de colectivo y sin asiento… era el momento en que afloraban todas las frustraciones de una vida que se sentía vacía…por más empeño que le pusiera había nacido mediocre y así terminaría sus días… transcurriendo y nada más.
Que triste podía ser la vida de esa manera. Una obligación atrás de otra, sin tener definido hacia donde te llevan. Sin siquiera poder elegir a qué te querés obligar.
Manuel seguía… Manuel caminaba… que más le quedaba. Era demasiado débil para torcer su rumbo. Era demasiado bueno para terminar haciendo daño a los que quería, por culpa de sus propios desengaños. Tenía demasiadas ganas de saber con certeza que había algo más, como para olvidarse de su angustia.
Imbuido en sus latosos pensamientos caminaba hacia la parada del colectivo. Un autómata más en la depresiva ciudad.
Casi llegando comenzó a cruzarse con otros… gente igual de frustrada que él… sueños pobres en gente pobre. “Soñar es gratis” dicen… y mienten. El sueño del pobre es doloroso. El sueño del pobre resalta la verdad asfixiante, la hace más tangible. Por eso Manuel prefería no soñar demasiado ¿Para qué cargar todavía más la mochila?
Tan imbuido iba en sus disquisiciones que diez metros antes de la parada vio pasar su colectivo.
Ni siquiera le dio para putear.
Sopesó sus posibilidades y decidió seguir caminando por Mitre, para evitarse la imposible angustia de estar media hora esperando que pasara otro colectivo.
Caminó tres cuadras y sintió el característico olorcito de un panchero… ahí estaba la solución… calmaría su angustia existencial dando rienda suelta a su angustia oral.
Se acercó a pedir el súper pancho con kétchup y picante… y antes de que empezaran a servírselo apareció un tipo con un arma en la mano para asaltar al vendedor ambulante.
Primero se quedó paralizado del miedo… observaba fijamente al asaltante… sin saber cómo reaccionar, es más, sin siquiera figurarse si debía o no reaccionar de alguna manera.
Pero había algo… los gestos del ladrón… esa nariz… esos ojos… ¿Qué era?
Cuando cayó en la cuenta todo su mundo se vino abajo… era el Cabezón Fuentealba…
No podía ser… no él… pedía por favor estar equivocado…
Pero era… era Carlitos…
Pero era más también… era la única esperanza que le quedaba latente… no, perdón, no era una esperanza, era la única confirmación que le quedaba de que el puto mundo funcionaba para alguien… no para él, pero al menos para alguien que alguna vez fue igual que él.
Carlitos era, en ese momento, la desazón más absoluta, era saber que el fango nos llega hasta el cuello y que sobrevivimos sólo levantándonos en puntas de pié para asomar apenas la nariz y seguir respirando.
Ver a Carlitos en esa posición transformaba su vida gris en la más absoluta oscuridad. Ningún brillo le era permitido ahora.
Sintió odio… el más profundo odio…
No tuvo noción del momento en que estaba, ya no importaba el ahora… ni siquiera importaba el futuro… desde el fondo de su alma surgió una furia descontrolada… y su sistema nervioso reaccionó en consecuencia…
Sintió un hormigueo en todo el cuerpo… era como una energía que empezaba a transitarlo… todos sus desencantos confluyeron, se hicieron fuerza y lo recorrieron íntegro hasta desembocar con vehemencia en su puño derecho… que golpeó de lleno el mentón de Carlitos…
La cara de pánico de Carlitos fue como una estocada en el corazón de Manuel… lo hizo regresar en el tiempo… lo hizo volver al barrio, a correr juntos atrás de la pelota, a admirar a ese pibe que era casi mágico…
Carlitos no entendió nada… miró a Manuel, y Manuel creyó (o quiso creer) que lo reconoció… lo reconoció y además de miedo sintió vergüenza… la más profunda vergüenza… no por lo que hacía, no, eso ya no importaba… sino por que estaba en evidencia frente a alguien que alguna vez lo había admirado y adorado…
Carlitos salió corriendo…
Y Manuel también…
Se fueron en direcciones opuestas… casi como les había ocurrido en la vida… tal vez en alguna otra vuelta del carrusel se encontrarían de nuevo…
Manuel no pudo sostener su alma y lloró, con el más grande desconsuelo que sintió en toda su vida…
Lloró por confirmar la falta de sentido y lloró por haber lastimado a Carlitos…
Lloró por esos pibes que fueron… lloró por aquellos sueños que ya no serían…
Y mientras sus lágrimas limpiaban el sucio suelo de la gris ciudad… se le pasó otro colectivo… y supo que otra vez debería agachar la cabeza, y seguir…