
“Dios… no doy más…” es lo único que pensaba Hector, mientras corría en diagonal.
Doce minutos del segundo tiempo extra. Final de liga categoría Más de 35 años.
Partido trabado, empatado en gigante cero.
Hector había tenido que correr mucho… y ya no tenía oxígeno que le subiera al cerebro.
Las piernas le funcionaban sólo por inercia.
Jugaba de líbero y tenía una tarde heroica. Cruzó por arriba, por abajo, en el medio, a los costados… fue la rueda de auxilio de todo su equipo.
“Dios… por favor… un poco más… un poco más…” rezaba y cruzó justo al siete de ellos, realizando una extirpación precisa del balón, para entregárselo a sus mediocampistas.
“Gracias, Dios… gracias.” Ante todo, el reconocimiento a la intervención que él ya consideraba divina a esta altura.
Nuevos embates contrarios, toda la batería defensiva de su equipo estaba derruida… sólo él quedaba. “Por favor Dios… por favor…” Pedía al todopoderoso y corría desde atrás al nueve. Nuevo quite. “Ya termina… Dios… gracias…”
Minuto Catorce y medio y el siete, que no paraba de correr, agarró un balón bien abierto, dejó clavado al lateral y se mandó hacia el área… “Dame fuerza Dios… permitime llegar…” rogaba. Y llegó. Alcanzó a tirarse justo delante del atacante y mandó la pelota al córner. “Si… gracias Dios…”
El diez rival ejecutó el tiro de esquina, mandó un centro bombeado al área chica, un defensor saltó para despejar y sólo alcanzó a desviar la trayectoria del balón… que hizo un firulete en el aire, le pegó en el parietal izquierdo a Hector y se clavó en el ángulo del primer palo…Con el último aliento que le quedaba Hector alcanzó a gritar “ME CAGO EN DIOS” y el árbitro terminó el partido.
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