
Por Chinete
Por la mañana arranqué con los preparativos para irme a jugar. No era otro partido más de la liga, era EL partido de la liga. El partido final, el último partido del torneo en el que se define al campeón, después de más de 20 fechas aún nos encontraba ahí arriba de la tabla de posiciones. Lejos parecían haber quedado ese desgaste entre tanta competencia y presión por parte de los integrantes del plantel. Veinticinco personas y casi veinticinco maneras distintas de ver el fútbol.
El ritual comienza con un suculento desayuno como para no comer nada hasta antes del partido. Despejar la cabeza e irse temprano hacia la cancha. Una vez en el recinto de juego empezar a cambiarme para arrancar los movimientos con la pelota con los que van llegando.
En esta última fecha llegamos por 2 puntos sobre el segundo y con una diferencia de 2 goles a favor nuestro. Lo único que nos aseguraba el campeonato era una victoria, lo otro era cosa del azar. El rival era relativamente accesible, de mitad de tabla para abajo.
La hora del encuentro no llegaba más y veía caras de nerviosismo, miedo o excesiva confianza. A todos nos afectaba de alguna manera la definición del torneo. Promesas a mansalva y festejos atragantados para después del partido.
Partido fácil, 5 a 2 el resultado final a favor nuestro.
El secreto, jugar como jugamos la mayoría de los partidos: jugando como equipo y tirando todos para el mismo lado, incluidos nosotros que no entramos para jugar como en casi todo el torneo.
Campeones, goleador del torneo, valla menos vencida y delantera más goleadora. ¿Qué más se podía pedir?
Todos festejamos con algarabía dejando atrás rencores, discusiones, amenazas, alegrías, al compañero fracturado y hasta la congoja por quienes tal vez no seguirían más con nosotros.
Yo particularmente abandoné el fútbol, lo abandoné siendo campeón. Tal vez nadie me recuerde ni me encuentre en los anales del fútbol como un jugador desequilibrante y capaz de llevar a mi equipo a una proeza deportiva. Pero bueno, fui feliz mientras duró y hoy tengo algo para contar. El solo estar ahí y con ellos me era suficiente.
El ritual comienza con un suculento desayuno como para no comer nada hasta antes del partido. Despejar la cabeza e irse temprano hacia la cancha. Una vez en el recinto de juego empezar a cambiarme para arrancar los movimientos con la pelota con los que van llegando.
En esta última fecha llegamos por 2 puntos sobre el segundo y con una diferencia de 2 goles a favor nuestro. Lo único que nos aseguraba el campeonato era una victoria, lo otro era cosa del azar. El rival era relativamente accesible, de mitad de tabla para abajo.
La hora del encuentro no llegaba más y veía caras de nerviosismo, miedo o excesiva confianza. A todos nos afectaba de alguna manera la definición del torneo. Promesas a mansalva y festejos atragantados para después del partido.
Partido fácil, 5 a 2 el resultado final a favor nuestro.
El secreto, jugar como jugamos la mayoría de los partidos: jugando como equipo y tirando todos para el mismo lado, incluidos nosotros que no entramos para jugar como en casi todo el torneo.
Campeones, goleador del torneo, valla menos vencida y delantera más goleadora. ¿Qué más se podía pedir?
Todos festejamos con algarabía dejando atrás rencores, discusiones, amenazas, alegrías, al compañero fracturado y hasta la congoja por quienes tal vez no seguirían más con nosotros.
Yo particularmente abandoné el fútbol, lo abandoné siendo campeón. Tal vez nadie me recuerde ni me encuentre en los anales del fútbol como un jugador desequilibrante y capaz de llevar a mi equipo a una proeza deportiva. Pero bueno, fui feliz mientras duró y hoy tengo algo para contar. El solo estar ahí y con ellos me era suficiente.
1 comentario:
No estábamos muertos...
¡¡Estábamos de parranda!!
Bueno, gracias a Chinete por acordarse de este rincón de la net.
Prometo que volveré y seré miñones... (o copihues)
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