martes, 30 de diciembre de 2014

Aquiles







Mirá que hay historias raras en el fútbol, pero esta, te juro, no la supera ninguna.
A través de la vida del futbolista amateur o de liga federada en el interior (que es más o menos lo mismo), uno siempre se cruza con jugadores que llega a creer que, indefectiblemente, van a alcanzar la meta. Es decir, van a poder ser futbolistas profesionales, van a ser aclamados por multitudes, van a vivir el sueño de todos…
Uno de esos era Jorge “Chiquito”  Ferramendia.
Con él compartimos de sexta a reserva en el Club Unión Vecinal, de Neuquén.
Éramos pibes, pero Jorge te hacía vibrar cuando jugaba.
Un delantero fenomenal, medía como un metro noventa, ya a los diecisiete años.
Marcaba tanta diferencia física y técnica que era imposible no imaginárselo en un club de primera en Buenos Aires.
Pero era, por sobre todas las cosas, un goleador de excepción. Una máquina rompe redes (aunque para ser sinceros, las redes de los clubes de la Liga Neuquina generalmente ya venían rotas).
Nos hicimos muy compinches cuando compartimos los paupérrimos vestuarios del “Trueno Verde” de Valentina Norte.
Y lo que tenía Jorge, además de sus condiciones naturales, era una clara vocación profesional. Se cuidaba en todos los detalles, desde las comidas hasta las horas de descanso, era el primero y el último en los entrenamientos, complementaba con horas de ejercicio físico afuera del club, es decir, tenía su objetivo inamovible: iba a ser futbolista.
Yo también era (y soy) un fanático del fútbol. Pero tenía muy claro que ni mis condiciones, ni mi voluntad, me iban a acompañar en un camino tan arduo.
Desde que tenía quince años, los técnicos de primera querían que Jorge jugara en la división mayor, pero él sistemáticamente se negaba, entendiendo que se arriesgaría innecesariamente jugando con tipos mayores, en campos generalmente menesterosos, y sin que ello le aportara nada a sus condiciones.
Cuando estábamos en edad de reserva, alcanzó a jugar dos partidos del torneo, y apareció uno de esos representantes, busca talentos o como se les llame, que, atraído por sus impresionantes estadísticas, lo vino a ver y se lo llevó para jugar en Brown de Puerto Madryn.
A esa altura Jorge debía llevar como 300 goles en inferiores.
No era todavía época de correos electrónicos ni teléfonos celulares, así que desde ese momento, más allá de algún llamado desde un teléfono público al principio, perdí todo contacto con Jorge.
Igualmente seguía su campaña por las noticias de los diarios.
Arrancó bárbaro en Brown. Era un equipo que se había formado para lograr el ascenso al Nacional B, y Jorge se acomodó enseguida, metió una campaña de 27 goles, en un torneo sumamente difícil como era el Argentino A.
Cuando vino a jugar a la Visera de Cemento, la cancha del mítico Club Cipolletti, fui a verlo. La descosió. Metió dos golazos y se llevaron los tres puntos.
Brown ascendió ese torneo, pero Chiquito se fue del club. Increíblemente desechó ofertas de clubes más grandes del Nacional B, que se habían quedado asombrados por su capacidad.
Terminó fichando para Ben Hur, de Rafaela. Nuevamente un equipo del Argentino A.
Para muchos fue increíble la decisión, pero como uno siempre resulta ajeno a las intimidades del fútbol, yo creí que habría sido una cuestión económica. Rafaela es una zona que mueve guita, seguramente le habían puesto un buen número y eso lo habrá decidido. Era joven, oportunidades no le iban a faltar.
30 goles metió con el “Gladiador” de Rafaela. Lograron, con él como referente, el primer ascenso de su historia al Nacional B. Ídolo absoluto… y otra vez, desecha todas las ofertas y se va…
A esta altura el “Chiquito” se empezaba a convertir en una figura extravagante para la divisional, pero nadie sabía demasiado de él.
En las vacaciones de ese verano vino de vuelta para Neuquén y fui a verlo. La verdad es que estaba muy bien, económicamente y mentalmente… sólo me llamó la atención sentir que estaba un poco más menudo.
Yo no sé si fue el hecho de que yo me había ensanchado o capaz que el entrenamiento profesional lo habría estilizado, pero ya no me impresionó como ese imponente centro delantero con talla de gigante.
En la alegría del reencuentro hablamos de todo un poco, y cuando le pregunté si iba a jugar en primera, me dijo: “Yo amo el fútbol, cabezón. Quiero jugar, no me importa hacerme millonario, no me llaman la atención las luces, ni el estrellato, no quiero que me reconozcan, no me importa Buenos Aires, ni Europa, sólo me importa el fútbol. Si me pagan bien y no me joden con cosas ajenas a la pelota, yo soy feliz”. Y así cerró el tema.
La siguiente temporada firma con Patronato de Paraná.
El “Negro Santo” no logró el ascenso por poco (iba a tener que esperar hasta el 2010 para lograrlo), pero Chiquito metió 37 goles, un record absoluto para la categoría, que hasta el día de hoy nadie ha podido superar… y nuevamente se va.
Para ese momento ya se había ganado fama de loco. Nadie podía creer que no diera el salto que todo jugador anhela.
No atendía a la prensa, no daba notas ni en diarios ni en radios, no se le veía nunca en lugares públicos o muy concurridos, fuera de las canchas.
En El Diario de Paraná, unos meses después, encontré una foto de la formación de Patronato en esa campaña, y me sorprendió ver a Chiquito parado al lado de los dos zagueros, parecía como diez centímetros más chico que ellos.
Sucesivamente Chiquito pasó de Independiente Rivadavia de Mendoza, a Huracán de Tres Arroyos, Club Atlético Alumni de Villa María, Club Sportivo Patria de Formosa, Club Atlético Central Norte de Salta…
En todos los casos clubes de Argentino A, siempre siendo goleador…
El año pasado recaló en Club Atlético Germinal de Rawson, Chubut.
Yo, te aseguro, estaba completamente obsesionado con la historia del Chiquito, no me entraba en la cabeza la carrera que estaba haciendo, simplemente no tenía ningún sentido.
Aprovechando que tengo parientes en Rawson, me inventé una escapada y me fui con la única intención de verlo a Jorge.
Mis primos, todos fanáticos del Verde, me llevaron el domingo al Fortín (la cancha de Germinal). Desbordaba el humilde estadio. Era la primera vez que jugaban Argentino A.
Cuando ingresa el equipo a la cancha no lo veo a Chiquito.
Les pregunto a mis primos y me señalan al jugador de la camiseta 9.
Yo no podía creerlo, pensé que me había equivocado de equipo, pero el 9 de Germinal era un fibroso delantero… que debía medir no más de 1,70 mts.
Me quedé pasmado.
Germinal ganó. Un gol y una asistencia de Ferramendia.
Me quedé a esperar en la zona de estacionamiento, y como una hora después de terminado el partido, apareció Chiquito, bolso en mano, dirigiéndose en busca de su auto.
Venía distraído y cuando me vio, te juro, se puso pálido como si hubiera visto un fantasma.
“¿Jorge?” alcancé a decirle en tono dubitativo.
Él no respondió.
Me acerqué y… sí, era Jorge, no había ninguna duda, era Jorge Ferramendia, en versión comprimida…
Luego de interminables segundos me contestó:
Si, soy yo… ¿que hacés cabezón?” dijo con un quedo de resignación.
Yo no atiné siquiera a responderle.
“Vení, vamos a tomar unos mates a casa…” – me invitó, señalando un auto cero kilómetro.
Subí en el más absoluto silencio, y así me mantuve todo el trayecto hasta Playa Unión, que era donde tenía su casa Chiquito.
Era una casa de playa divina, moderna, con ventanales gigantes que daban al mar, pero un poco alejada de la zona de movimiento comercial.
Con los mates en la mano, recién pude articular una palabra:
“¿Cómo…?” y no supe de qué manera seguir.
“Tranquilo cabezón…” – me calmó – Estoy bien. No tengo una enfermedad rara, ni me pasó nada grave
“Disculpame que todos estos años estuve desaparecido, pero, como verás, tengo mis razones..
“Pero… ¿Qué te pasó” Le pregunté en el tomo más estúpido posible.
“Nada – me respondió – Soy así desde que éramos pendejos, allá en Neuquén…”
Se hizo un nuevo silencio. Jorge miraba al mar a través de la ventana, como buscando las palabras entre las tumultuosas olas…
“Te voy a contar – se decidió finalmente – y que conste que nunca le dije nada a nadie sobre esto…
Desde que tengo catorce años que sé lo que me pasa… y lo que me va a pasar.
Yo no sé si vos crees en Dios o en el diablo, y ni siquiera sé si algo de eso está involucrado acá, pero a mí me revelaron, a los catorce años, que cada vez que me lo propusiera iba a meter goles jugando al fútbol.
No me pidas las circunstancias particulares, ya ni siquiera las recuerdo. Pero desde entonces yo sé que voy a ser goleador cuando yo lo decida…
Y también sé, desde entonces, que cada gol que meta me va a ir achicando… físicamente.
Es decir, cabezón, puedo ser, si quiero, el máximo goleador del universo… a cambio de desaparecer…”
Yo estaba atónito… pero la evidencia estaba enfrente mío.
En ocho años de fútbol profesional, y no al máximo nivel, se había achicado como veinte centímetros.
“Pero,- le dije yo – ¿Por qué siempre en el Argentino A? no entiendo”
“Pensalo, cabeza – me respondió - ¿Cómo iba a jugar en primera?¿ No te parece que con todo la prensa encima nadie iba a notar, como vos, que me voy achicando? ¿Y qué carajo iba a decir yo en esa circunstancia?
Mucho lo pensé, eh… no te creas que fue fácil para mí.
Me rompí el marote pensando cómo aprovechar este Don – Maldición, que tengo.
La opción más fácil era largar el fútbol a la mierda, estudiar cualquier cosa y ponerme a laburar como todo el mundo…
La otra era aprovechar uno o dos años, hasta que se hiciera evidente mi… condición – se tomó un tiempo para definir lo que le pasaba.
Y finalmente me decidí por la tercera. Hacer una carrera en una división menor, que me permitiera vivir tranquilo del fútbol, retardar lo más posible la cuestión.
Para eso, decidí nunca firmar con un representante, me manejo mi propia carrera, hago contratos por temporada, siempre con equipos de distintas ciudades del país, y así disminuyo los riesgos de que cualquiera venga a preguntarme nada.”
“Pero – le dije -  no entiendo. Por qué hiciste tantos goles si sabías que te ibas a ir achicando…”
“Si... – Se puso pensativo – eso también lo puse en el tintero. Me propuse, al principio, hacer buenas campañas para tener un cierto renombre en la categoría… pero, vos viste lo que es el fútbol… una vez que estás ahí es imposible no querer meterla, no querer sentir el goce supremo del gol…
Pensá en un vicio… es lo mismo. El fumador sabe que el pucho le hace mal, sabe que se va recortando minutos de vida… y se lo prende igual.
Yo no sé si tomé la mejor decisión, pero mal no me fue. Y me parece que acá encontré mi lugar en el mundo…
También es cierto que me condené a una vida de soledad, sin amigos de verdad, sin una mujer… es difícil cabeza, muy difícil…
Pero el domingo, cuando estás en la cancha, cuando tus compañeros te piden que los salves, cuando la tribuna te grita… te juro que todo se compensa… esas dos horas son la salvación para mi alma…
Yo sé que tengo una fecha de vencimiento… o, mejor dicho, sé que tengo una medida de vencimiento. Mi vida se va midiendo en centímetros, cabeza… centímetros que voy perdiendo a medida que mi sueño se va cumpliendo…”
“¿Y en qué termina todo esto “Chiquito”? – le pregunté sin darme cuenta que usaba el viejo apodo que ya era una mofa sin tinte sarcástico.
“JA... ¿Y cómo carajo voy a saberlo?... no sé ni por qué me pasa esto… no tengo idea de cómo va a terminar… sólo sé que, a diferencia de la mayoría del mundo, la decisión está en mis manos…”
Me fui de la casa de Jorge con la cabeza hecha un torbellino.
Antes de salir le pregunté si quería que lo visitara de vez en cuando y me dijo que mejor no, que ya se había acostumbrado a la vida sin nadie. Que si alguna vez me necesitaba me iba a llamar… pero, ahora que lo pienso, ni siquiera me pidió mi número telefónico.
Todo esto, te juro, es la pura verdad. Yo lo vi achicarse al Chiquito Ferramendia. Debo haber sido el único que lo conoció, con un cierto grado de confianza, en distintas etapas de su vida.
Cuando lo pienso un poco, entiendo el dilema gigante de Jorge. Es la historia de Aquiles, trasladada al fútbol, una vida gloriosa y corta u ordinaria y longeva.
Y ahí te planteás: ¿Qué valor tienen tus sueños? ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por lo que realmente deseás? ¿Le pondrías fecha de vencimiento a tu vida a cambio de que se cumpla aquello que más querés?
Y te dás cuenta del valor que se necesita para tomar una decisión de ese tipo.
Finalmente, entendí que Jorge encontró un moderado punto intermedio, su sacrificio fue medido, obtuvo beneficios, en consecuencia, medidos, y vivió, a medias, el sueño del futbolista.
Te diría que su decisión fue cómoda y, casi, cobarde. Se gastó el metraje de la mejor etapa de su vida para lograr pasar desapercibido y, al mismo tiempo, tener un kiosquito que le dio los mínimos gustos materiales de un burgués miserable.
Supongo que el cenit de su situación hubiera sido triunfar en todo el mundo, y achicarse hasta terminar desapareciendo en el limbo mientras le hace un gol de chilena al Real Madrid, con un Bernabeu repleto. El tema es ¿Cómo sabés cuándo va a caerte la flecha en el talón que te mande derecho al subsuelo?
Pero el dilema me quedó planteado, qué carajo hace uno con las herramientas que le caen en gracia. Y ahí entendí que el pecado mayor y más común es ser tan cagón como el Chiquito Ferramendia. Con lo poco o mucho que tenemos nos acomodamos a la situación que nos asegure mayor comodidad en relación al sacrificio que nos exige.
Comprendí que, al final de cuentas, yo también voy por el mismo lado, pero, claro, con muchos menos instrumentos.
Y así no sé, finalmente, si lo del Chiquito Ferramendia fue un milagro o un maleficio, pero es lo que le tocó, y no sé si yo, en su lugar, me hubiera animado a encarar el desafío como lo hizo él.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vuelta la burra al trigo...