Mirá que hay
historias raras en el fútbol, pero esta, te juro, no la supera ninguna.
A través de la
vida del futbolista amateur o de liga federada en el interior (que es más o
menos lo mismo), uno siempre se cruza con jugadores que llega a creer que,
indefectiblemente, van a alcanzar la meta. Es decir, van a poder ser
futbolistas profesionales, van a ser aclamados por multitudes, van a vivir el
sueño de todos…
Uno de esos
era Jorge “Chiquito” Ferramendia.
Con él
compartimos de sexta a reserva en el Club Unión Vecinal, de Neuquén.
Éramos pibes,
pero Jorge te hacía vibrar cuando jugaba.
Un delantero
fenomenal, medía como un metro noventa, ya a los diecisiete años.
Marcaba tanta diferencia
física y técnica que era imposible no imaginárselo en un club de primera en
Buenos Aires.
Pero era, por
sobre todas las cosas, un goleador de excepción. Una máquina rompe redes
(aunque para ser sinceros, las redes de los clubes de la Liga Neuquina
generalmente ya venían rotas).
Nos hicimos
muy compinches cuando compartimos los paupérrimos vestuarios del “Trueno Verde”
de Valentina Norte.
Y lo que tenía
Jorge, además de sus condiciones naturales, era una clara vocación profesional.
Se cuidaba en todos los detalles, desde las comidas hasta las horas de
descanso, era el primero y el último en los entrenamientos, complementaba con
horas de ejercicio físico afuera del club, es decir, tenía su objetivo inamovible:
iba a ser futbolista.
Yo también era
(y soy) un fanático del fútbol. Pero tenía muy claro que ni mis condiciones, ni
mi voluntad, me iban a acompañar en un camino tan arduo.
Desde que
tenía quince años, los técnicos de primera querían que Jorge jugara en la
división mayor, pero él sistemáticamente se negaba, entendiendo que se
arriesgaría innecesariamente jugando con tipos mayores, en campos generalmente
menesterosos, y sin que ello le aportara nada a sus condiciones.
Cuando
estábamos en edad de reserva, alcanzó a jugar dos partidos del torneo, y
apareció uno de esos representantes, busca talentos o como se les llame, que,
atraído por sus impresionantes estadísticas, lo vino a ver y se lo llevó para
jugar en Brown de Puerto Madryn.
A esa altura
Jorge debía llevar como 300 goles en inferiores.
No era todavía
época de correos electrónicos ni teléfonos celulares, así que desde ese
momento, más allá de algún llamado desde un teléfono público al principio,
perdí todo contacto con Jorge.
Igualmente
seguía su campaña por las noticias de los diarios.
Arrancó
bárbaro en Brown. Era un equipo que se había formado para lograr el ascenso al
Nacional B, y Jorge se acomodó enseguida, metió una campaña de 27 goles, en un
torneo sumamente difícil como era el Argentino A.
Cuando vino a
jugar a la Visera de Cemento, la cancha del mítico Club Cipolletti, fui a
verlo. La descosió. Metió dos golazos y se llevaron los tres puntos.
Brown ascendió
ese torneo, pero Chiquito se fue del club. Increíblemente desechó ofertas de
clubes más grandes del Nacional B, que se habían quedado asombrados por su
capacidad.
Terminó
fichando para Ben Hur, de Rafaela. Nuevamente un equipo del Argentino A.
Para muchos
fue increíble la decisión, pero como uno siempre resulta ajeno a las
intimidades del fútbol, yo creí que habría sido una cuestión económica. Rafaela
es una zona que mueve guita, seguramente le habían puesto un buen número y eso
lo habrá decidido. Era joven, oportunidades no le iban a faltar.
30 goles metió
con el “Gladiador” de Rafaela. Lograron, con él como referente, el primer
ascenso de su historia al Nacional B. Ídolo absoluto… y otra vez, desecha todas
las ofertas y se va…
A esta altura
el “Chiquito” se empezaba a convertir en una figura extravagante para la divisional,
pero nadie sabía demasiado de él.
En las
vacaciones de ese verano vino de vuelta para Neuquén y fui a verlo. La verdad
es que estaba muy bien, económicamente y mentalmente… sólo me llamó la atención
sentir que estaba un poco más menudo.
Yo no sé si
fue el hecho de que yo me había ensanchado o capaz que el entrenamiento
profesional lo habría estilizado, pero ya no me impresionó como ese imponente
centro delantero con talla de gigante.
En la alegría
del reencuentro hablamos de todo un poco, y cuando le pregunté si iba a jugar
en primera, me dijo: “Yo amo el fútbol,
cabezón. Quiero jugar, no me importa hacerme millonario, no me llaman la
atención las luces, ni el estrellato, no quiero que me reconozcan, no me
importa Buenos Aires, ni Europa, sólo me importa el fútbol. Si me pagan bien y
no me joden con cosas ajenas a la pelota, yo soy feliz”. Y así cerró el
tema.
La siguiente
temporada firma con Patronato de Paraná.
El “Negro
Santo” no logró el ascenso por poco (iba a tener que esperar hasta el 2010 para
lograrlo), pero Chiquito metió 37 goles, un record absoluto para la categoría,
que hasta el día de hoy nadie ha podido superar… y nuevamente se va.
Para ese
momento ya se había ganado fama de loco. Nadie podía creer que no diera el
salto que todo jugador anhela.
No atendía a
la prensa, no daba notas ni en diarios ni en radios, no se le veía nunca en
lugares públicos o muy concurridos, fuera de las canchas.
En El Diario
de Paraná, unos meses después, encontré una foto de la formación de Patronato
en esa campaña, y me sorprendió ver a Chiquito parado al lado de los dos
zagueros, parecía como diez centímetros más chico que ellos.
Sucesivamente
Chiquito pasó de Independiente Rivadavia de Mendoza, a Huracán de Tres Arroyos,
Club Atlético Alumni de Villa María, Club Sportivo Patria de Formosa, Club
Atlético Central Norte de Salta…
En todos los
casos clubes de Argentino A, siempre siendo goleador…
El año pasado
recaló en Club Atlético Germinal de Rawson, Chubut.
Yo, te
aseguro, estaba completamente obsesionado con la historia del Chiquito, no me
entraba en la cabeza la carrera que estaba haciendo, simplemente no tenía
ningún sentido.
Aprovechando
que tengo parientes en Rawson, me inventé una escapada y me fui con la única
intención de verlo a Jorge.
Mis primos,
todos fanáticos del Verde, me llevaron el domingo al Fortín (la cancha de
Germinal). Desbordaba el humilde estadio. Era la primera vez que jugaban
Argentino A.
Cuando ingresa
el equipo a la cancha no lo veo a Chiquito.
Les pregunto a
mis primos y me señalan al jugador de la camiseta 9.
Yo no podía
creerlo, pensé que me había equivocado de equipo, pero el 9 de Germinal era un
fibroso delantero… que debía medir no más de 1,70 mts.
Me quedé
pasmado.
Germinal ganó.
Un gol y una asistencia de Ferramendia.
Me quedé a
esperar en la zona de estacionamiento, y como una hora después de terminado el
partido, apareció Chiquito, bolso en mano, dirigiéndose en busca de su auto.
Venía
distraído y cuando me vio, te juro, se puso pálido como si hubiera visto un fantasma.
“¿Jorge?” alcancé a decirle en tono dubitativo.
Él no
respondió.
Me acerqué y…
sí, era Jorge, no había ninguna duda, era Jorge Ferramendia, en versión
comprimida…
Luego de
interminables segundos me contestó:
“Si, soy yo… ¿que hacés cabezón?” dijo
con un quedo de resignación.
Yo no atiné
siquiera a responderle.
“Vení, vamos a tomar unos mates a casa…” – me invitó,
señalando un auto cero kilómetro.
Subí en el más
absoluto silencio, y así me mantuve todo el trayecto hasta Playa Unión, que era
donde tenía su casa Chiquito.
Era una casa
de playa divina, moderna, con ventanales gigantes que daban al mar, pero un
poco alejada de la zona de movimiento comercial.
Con los mates
en la mano, recién pude articular una palabra:
“¿Cómo…?” y no supe de qué manera seguir.
“Tranquilo cabezón…” – me calmó – Estoy bien. No tengo una enfermedad rara, ni
me pasó nada grave
“Disculpame que todos estos años estuve
desaparecido, pero, como verás, tengo mis razones..
“Pero… ¿Qué te pasó” Le pregunté en
el tomo más estúpido posible.
“Nada – me respondió – Soy así desde que éramos pendejos, allá en Neuquén…”
Se hizo un
nuevo silencio. Jorge miraba al mar a través de la ventana, como buscando las
palabras entre las tumultuosas olas…
“Te voy a contar – se decidió finalmente – y que conste que nunca le dije nada a nadie
sobre esto…
Desde que tengo catorce años que sé lo que me
pasa… y lo que me va a pasar.
Yo no sé si vos crees en Dios o en el diablo, y ni
siquiera sé si algo de eso está involucrado acá, pero a mí me revelaron, a los
catorce años, que cada vez que me lo propusiera iba a meter goles jugando al
fútbol.
No me pidas las circunstancias particulares, ya ni
siquiera las recuerdo. Pero desde entonces yo sé que voy a ser goleador cuando
yo lo decida…
Y también sé, desde entonces, que cada gol que
meta me va a ir achicando… físicamente.
Es decir, cabezón, puedo ser, si quiero, el máximo
goleador del universo… a cambio de desaparecer…”
Yo estaba
atónito… pero la evidencia estaba enfrente mío.
En ocho años
de fútbol profesional, y no al máximo nivel, se había achicado como veinte
centímetros.
“Pero,- le dije yo – ¿Por qué siempre en el Argentino A? no entiendo”
“Pensalo, cabeza – me respondió - ¿Cómo iba a jugar en primera?¿ No te parece
que con todo la prensa encima nadie iba a notar, como vos, que me voy
achicando? ¿Y qué carajo iba a decir yo en esa circunstancia?
Mucho lo pensé, eh… no te creas que fue fácil para
mí.
Me rompí el marote pensando cómo aprovechar este
Don – Maldición, que tengo.
La opción más fácil era largar el fútbol a la
mierda, estudiar cualquier cosa y ponerme a laburar como todo el mundo…
La otra era aprovechar uno o dos años, hasta que
se hiciera evidente mi… condición – se tomó un tiempo para definir lo
que le pasaba.
Y finalmente me decidí por la tercera. Hacer una
carrera en una división menor, que me permitiera vivir tranquilo del fútbol,
retardar lo más posible la cuestión.
Para eso, decidí nunca firmar con un
representante, me manejo mi propia carrera, hago contratos por temporada,
siempre con equipos de distintas ciudades del país, y así disminuyo los riesgos
de que cualquiera venga a preguntarme nada.”
“Pero – le dije - no entiendo. Por qué hiciste
tantos goles si sabías que te ibas a ir achicando…”
“Si... – Se puso pensativo – eso también lo puse en el tintero. Me
propuse, al principio, hacer buenas campañas para tener un cierto renombre en
la categoría… pero, vos viste lo que es el fútbol… una vez que estás ahí es
imposible no querer meterla, no querer sentir el goce supremo del gol…
Pensá en un vicio… es lo mismo. El fumador sabe
que el pucho le hace mal, sabe que se va recortando minutos de vida… y se lo
prende igual.
Yo no sé si tomé la mejor decisión, pero mal no me
fue. Y me parece que acá encontré mi lugar en el mundo…
También es cierto que me condené a una vida de
soledad, sin amigos de verdad, sin una mujer… es difícil cabeza, muy difícil…
Pero el domingo, cuando estás en la cancha, cuando
tus compañeros te piden que los salves, cuando la tribuna te grita… te juro que
todo se compensa… esas dos horas son la salvación para mi alma…
Yo sé que tengo una fecha de vencimiento… o, mejor
dicho, sé que tengo una medida de vencimiento. Mi vida se va midiendo en
centímetros, cabeza… centímetros que voy perdiendo a medida que mi sueño se va
cumpliendo…”
“¿Y en qué termina todo esto “Chiquito”? – le pregunté
sin darme cuenta que usaba el viejo apodo que ya era una mofa sin tinte
sarcástico.
“JA... ¿Y cómo carajo voy a saberlo?... no sé ni
por qué me pasa esto… no tengo idea de cómo va a terminar… sólo sé que, a
diferencia de la mayoría del mundo, la decisión está en mis manos…”
Me fui de la
casa de Jorge con la cabeza hecha un torbellino.
Antes de salir
le pregunté si quería que lo visitara de vez en cuando y me dijo que mejor no,
que ya se había acostumbrado a la vida sin nadie. Que si alguna vez me
necesitaba me iba a llamar… pero, ahora que lo pienso, ni siquiera me pidió mi
número telefónico.
Todo esto, te
juro, es la pura verdad. Yo lo vi achicarse al Chiquito Ferramendia. Debo haber
sido el único que lo conoció, con un cierto grado de confianza, en distintas
etapas de su vida.
Cuando lo
pienso un poco, entiendo el dilema gigante de Jorge. Es la historia de Aquiles,
trasladada al fútbol, una vida gloriosa y corta u ordinaria y longeva.
Y ahí te
planteás: ¿Qué valor tienen tus sueños? ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar
por lo que realmente deseás? ¿Le pondrías fecha de vencimiento a tu vida a
cambio de que se cumpla aquello que más querés?
Y te dás
cuenta del valor que se necesita para tomar una decisión de ese tipo.
Finalmente, entendí
que Jorge encontró un moderado punto intermedio, su sacrificio fue medido,
obtuvo beneficios, en consecuencia, medidos, y vivió, a medias, el sueño del
futbolista.
Te diría que
su decisión fue cómoda y, casi, cobarde. Se gastó el metraje de la mejor etapa
de su vida para lograr pasar desapercibido y, al mismo tiempo, tener un
kiosquito que le dio los mínimos gustos materiales de un burgués miserable.
Supongo que el
cenit de su situación hubiera sido triunfar en todo el mundo, y achicarse hasta
terminar desapareciendo en el limbo mientras le hace un gol de chilena al Real
Madrid, con un Bernabeu repleto. El tema es ¿Cómo sabés cuándo va a caerte la
flecha en el talón que te mande derecho al subsuelo?
Pero el dilema
me quedó planteado, qué carajo hace uno con las herramientas que le caen en
gracia. Y ahí entendí que el pecado mayor y más común es ser tan cagón como el
Chiquito Ferramendia. Con lo poco o mucho que tenemos nos acomodamos a la
situación que nos asegure mayor comodidad en relación al sacrificio que nos
exige.
Comprendí que,
al final de cuentas, yo también voy por el mismo lado, pero, claro, con muchos
menos instrumentos.
Y así no sé,
finalmente, si lo del Chiquito Ferramendia fue un milagro o un maleficio, pero
es lo que le tocó, y no sé si yo, en su lugar, me hubiera animado a encarar el
desafío como lo hizo él.

1 comentario:
Vuelta la burra al trigo...
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